LENY

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CAPÍTULO I

Recuerdo perfectamente, aquel lluvioso día de otoño… Aunque no amaba a mis padres, sentí que un pedazo de mí se iba con ellos. “Es difícil ser huérfano a los catorce años”, reflexioné en el borde de la fosa. Estaba en completo estupor. Podía ver al padre flaco, que estaba haciendo su trabajo, moviendo rápido los labios y se santigua de vez en cuando con su mano derecha. Pero no podía oírlo. Ya no podía oír nada. Ni el rugir de la lluvia, que caía sobre el frío cementerio, ni los llantos de las chicas que hacían su trabajo por un puñado de centavos, ni el látigo del viento… Nada del exterior. Sólo mis reflejos internos. ¡Fallecer en un accidente automovilístico! ¡Qué estúpido! Menos mal que era su único hijo y ya había crecido bastante para sostenerme por mí mismo. No sé qué habría sucedido si hubiera tenido hermanos o hermanas menores. Es mejor que no los tuviera. Creo que ellos tampoco lo hubieran querido. Además, yo tampoco nací por amor, sino para convertirme en el salvador de una familia cuyos miembros – padre y madre – no pudieron continuar el idilio más de dos o tres meses después del “¡Si, quiero!”, pero que querían aparentar ser unos seres morales y no dar al mundo la oportunidad de chismotear.

 Nací unos dos años después de su matrimonio, con la sagrada misión de prevenir “una vergüenza”.  Y en general lo logré. Lamento que solo recuerdo un solo aspecto de mi vida preescolar y nada más: las palizas horribles administradas por mi madre, palizas por las qué no la condeno, porque mi madre tenía un alma muy grande. Su pecado era que no tenía otros métodos educativos y asumió, la mayor parte, de la educación que recibió de una tía que la crió en ausencia de sus padres, que también fallecieron precozmente. Luego vino el primer curso en la escuela pública: golpes con el puntero, porque no me estaba quieto ni un rato, golpes con la mano abierta en casa, porque era torpe, tormentos terribles delante del cuaderno, bolígrafos rotos, manos manchadas de tinta, vasos rotos.

 ¡Me olvidé las gafas! Desde los tres años, cuando se constató que tenía estrabismo y hasta el tercer grado, cuando ya no soporte más que me llamaran El Tuerto, llevo gafas. Con el tiempo, mis ojos se enderezaron, incluso sin gafas.

A veces sentía que mi madre (y mi padre, pero menos) me amaba.  Pero nunca me lo dijo.  Ahora lo sé, pero hubiera sido bueno que me lo hubiera dicho al menos una vez al año, en mi cumpleaños… Pero todo esto y muchas otras cosas fueron simplemente episodios de la infancia. Sea como fuere, para bien o para mal, la infancia sigue siendo para todos, un punto de referencia sólido, ante todo, para quienes perciben con el alma, y además la parte más libre de la vida. Puaj. Dios, es que a veces tengo ganas de mandar todo al carajo y de montar sobre un palo y de correr al bosque, o al parque de la ciudad por lo menos, sin pararme a pensar que paliza me espera por la noche una vez en casa! ¡Pero el tiempo se lleva todo, el que a veces es muy cruel!

Retomando mis actividades diarias miro a la gente, esperando encontrar en ellos al menos una parte de los caminos de mi vida. ¡Cómo han cambiado! Ya no reconozco entre esos rostros fríos ni un solo diablo con spielhoz, que arrastraba el chanclo con una cuerda a través del polvo de la tierra seca que tenía lugar de zapatos a los piececitos inquietos….

El servicio funeral terminó rápidamente, a causa de la fuerte lluvia, que ya nos había empapado hasta los huesos. Regresé a casa. Todos mis familiares y conocidos de mis padres llegamos a casa para dar” limosna a los muertos”, como era costumbre entre los ancianos. Yo estaba un poco avergonzado. No había derramado una sola lágrima. Pensé que estaba demasiado amargado por tal cosa. Pero alguien lloraba por mí. Era mi pobre abuela, se había sentado en un rincón de la estancia y lloraba en silencio. Papá había sido el único niño y ella lo había amado mucho, más aún que mi abuelo había muerto en la guerra, como también había sido matado mi abuelo materno. Ahora sólo me tenía a mí para dedicarle la vida. Los últimos años de su vida fueron pensados para mí, para mi crianza y educación. Me lo había dicho el día anterior, al despertar, y yo estaba convencida de ello.  Incluso tuvo una pelea con la tía Matilda, la cuñada de la madre, la esposa del tío Mihai, el hermano de la madre. A tía Matilda le hubiera gustado que yo fuera a criarme con ellos, a Bucarest porque de todos modos no tenían hijos. Pero la abuela no quiso dejarme marchar.  Y yo tampoco me quería ir.

 Recuerdo mi pueblo natal, con el río que corría por el  y el bosque fresco, donde jugábamos nosotros, a indios, a ladrones y a policías, donde nos subíamos a los árboles todo el día y donde, cuando llegaba el tiempo, comíamos frutos de bosque hasta reventar. También estaba en el bosque que custodiaba la ciudad, unos cuantos lagos no muy profundos, que se formaban en la primavera, cuando las aguas del río retrocedían, y en los que podíamos encontrar gran cantidad de peces y conchas. Los peces se pescaban a mano o con una cesta de mimbres con el fondo hueco, pero rara vez comimos, asado sobre brasas o asado en hojas de maíz, la mayoría de las veces, sin embargo, los vendíamos en la ciudad por piezas, y con el dinero recaudado compramos chuches. Pero a las conchas las metimos en unas pequeñas lanzas de madera y las comimos casi todas fritas a la brasa. Pero para nosotros esto era más que un manjar real.  Cuando salíamos del agua, con peces o conchas, teníamos los pies llenos de sanguijuelas.  No les teníamos miedo. Nos orinamos unos sobre otros y las sanguijuelas caían solas.

Por eso no quería irme. Y además no soportaba Bucarest. Había estado varias veces con mis padres, visitando a tía Matilda y sabía cómo era allí. Gran bullicio en las aceras y carreteras. Sin duda – me dije – aquí no hay lugar para jugar. En nuestro pueblo podías jugar al fútbol durante horas en la calle, porque nadie te molestaba. Los coches rara vez pasaban por allí. Pero en Bucarest esto estaba prohibido. El único lugar que me gustó en Bucarest fue el zoológico. Nunca había visto tantos animales reunidos en un solo lugar. Me gustó mucho. Sin embargo, solo por tanto no podía dejar mis lugares favoritos de ocio. Y así fue como se decidió que me quedara con mi abuela.

Ahora ella lloraba en silencio y yo no podía encontrar mi lugar entre la gente. Fui hacia mi abuela y le besé la mano. La abuela se secó los ojos con el dorso de la mano y me acarició el cabello.

-Abuela, gracias por querer quedarte conmigo, pero ¿qué vas a hacer con la casa del campo?

-La voy a vender.

Sí, luego iba a vender su casa y sostenerme hasta que pudiera sostenerme económicamente.

La gente comía y bebía tranquilamente, rociando con el suelo con alcohol de vez en cuando, diciendo: “¡Que Dios los perdone!”, hasta que llegó a emborracharse Gogu, un pariente nuestro del pueblo dijo: “Pero dejaos de tonterías y poned un poco de música!”.  Su mujer, la tita Saveta, le dio unos codazos para callarle la boca, pero la gente empezó a levantarse y, diciendo una vez más “¡Que Dios los perdone!”, se fue uno a uno, hasta que sólo quedamos nosotros, los más próximos a los muertos. Y sólo entonces la tita Saveta se vio capaz de descargar su enojo sobre Gogu y recordarle, una vez más, que le avergonzaba en cada funeral al que acudían.

Luego, el tiempo pasó desapercibido y el olvido se extendió sobre nosotros. Solamente la abuela no podía olvidar nada. Yo, por otro lado, superé rápidamente toda la amargura y como era de naturaleza alegre y abierta, seguí mi vida con una sonrisa en el rostro.

A partir de ahora ya era un adolescente, alumno en la escuela secundaria, y había empezado a soñar con las chicas, incluso había hecho algunas amistades fugaces con unas de mis colegas de clase. Yo no sabía realmente lo que quería y ellas tampoco. Por eso las amistades se hacían y se rompían semanalmente. No había nada duradero. Nosotros, los chicos, sabíamos, más o menos, que hay que hacer con una chica, pero no teníamos el coraje de actuar por pura vergüenza. En nuestras mentes nos preguntábamos si la chica había hecho sexo antes y sabía cómo era, como tenía que manejase un tío en estas situaciones y nosotros no teníamos ni la más remota idea! Así que era mejor para nosotros, los muchachos, hacer el sueco con las chicas y continuar a ver fútbol y a poner cuadros de artistas debajo de las almohadas y soñar despiertos con conquistas famosas.

            Pero, aun así y sin verlo, un varapalo de amor me dio la paliza más grande de mi vida, tomándome totalmente desprevenido .

 Sucedió una tarde de finales de otoño.  Yo estaba en el campo, en el patio de Mamana, la tía que había criado a mi madre, bajo un viejo nogal, hojeando un libro con ensayos de Esenin. Me embriagué por la musicalidad de la letra y no sentí cuando se me acercó, loana, una vecina del pueblo que estaba cursando el último año de una escuela secundaria en Bucarest. ¡Era hermosa! Una hembra de ojos almendrados y labios rojos y tupidos. Cuando estaba en casa de vacaciones, vestía trajes de campesina y caminaba por el campo descalza. Su cabello, recogido en dos grandes trenzas, que le llegaban casi hasta las caderas. Me dijo que en la ciudad vestía a la moda de la época, pero nunca la vi vestida así, la veía raras veces y sólo durante las vacaciones de verano, cuando venía a casa de Mamana por una semana o dos, para cambiar de aire. Por lo que tenía entendido, ella tampoco se quedaba mucho en el pueblo durante las vacaciones, iba a veces al mar, a veces a la montaña, pero la mayoría del tiempo se quedaba en Bucarest. Ella me gustaba mucho por ese encanto de tiempos inmemoriales, cuando las paisanas todavía olían a jazmín y flores silvestres. Ahora ella estaba parada a mi lado, sin que yo la notara mientras yo me había puesto a recitar unos versos que me gustaron muchísimo. En cuanto terminé de recitar ella me aplaudió riéndose y se sentó a mi lado.

 – Leni, eres precioso y dulce! Deberías hacerte actor. Todas las chicas morirían por ti.

Me sentí incómodo, ella nunca me había hablado así antes y sentí que algo extraño estaba pasando con ella. Era como si su voz no estuviera ahí. Algo la estaba estrangulando y cambiando su tono. Entonces no dijo nada más. Me besó en los labios y tomando mi mano dijo:

-Ven conmigo.

La seguí como en un sueño, y ella me llevó a su casa. Ya había estado aquí varias veces antes. Ella también me había invitado a escuchar pasajes de Bach o Mozart, interpretados por ella al piano.

 – Mis padres – se disculpó – están de visita en Focsani, para una boda de un familiar nuestro, así que yo haré las tareas de anfitriona. Espero poder estar a la altura.

Casi que esta noticia me asustó. Había un hervor incomprensible dentro de mí. Quería huir, pero no podía. Era ya esclavo de Ioana y tenía que escucharla.

-Siéntate en el sofá, por favor, mientras me lavo y me cambio. Se fue a otra habitación y me dejó solo con mis ansiedades. Cuando regresó, casi no la reconocí. Parecía una hada con el cabello suelto y dejando caer ondas sobre su espalda. Venía arropada en un kimono, con un gran dragón dibujado en el pecho y caminando suave con sus pies recién lavados, se acercó y tomó mi cabeza entre sus manos. Empecé a decir algo, pero me detuvo

– Cállate, las palabras ya no tienen sentido! Me besó de nuevo y se sentó conmigo en el sofá.

Cuando desperté ya era de noche y Mamana me llamaba, gritando por el jardín sin saber dónde estaba.

  – Vete, pequeño, me susurró Ioana y acarició mi cabello con ternura.

  No quería despegarme de ese cuerpazo caliente. Creo que me hubiera quedado toda mi vida ahí, en sus brazos. Pero si así era como estaba destinado a irme, me arranqué amargamente de su seno. Me vestí, avergonzado de mi desnudez y salí. Ella, con el kimono puesto, me llevó hasta el umbral y me besó profundamente y durante mucho tiempo, como si supiera que ese sería nuestro último beso.

El día siguiente mi abuela vino a llevarme a casa, con un vecino nuestro de la ciudad que tenía coche. Los cursos tenían que empezar y los dos, Ioana y yo, teníamos que prepararnos.  Me quedé de piedra. Pensé que mi vida de ahora en adelante transcurrirá aquí en el campo, en los brazos de Ioana, como no podía ser de otra manera. Y sin embargo estaba esperando un vehículo que me llevara hacia la ciudad y yo no podía ver la llanura desplegándose en todo su esplendor, de hecho no podía ver nada. Solamente a Ioana que me acariciaba: ¡Vete, pequeño! No es posible, no es verdad. Me dije que era la segunda bofetada dura que me dio la vida, después de la muerte de mis padres. Cuando llegué a casa, me encerré en mi habitación y lloré. Lloré mucho, en silencio, hasta quedarme sin lágrimas. Lamento no haber tenido el coraje de decirle a la abuela quedarse en el pueblo conmigo, dos días más. ¡Qué bueno hubiera sido! Pero no podría pedirle a mi abuela algo así. Sabía que la abuela se podía enterar inmediatamente de mis amores y me avergoncé. Por eso ni siquiera fui a despedirme. Pero no podía hacer otra cosa. Era un secreto entre Ioana y yo, en el que nadie debería meterse la nariz.

 ¿Y ahora qué tenía que hacer? Tenía que esperar un poco más, a que empezaran las clases y enviarle una carta a Ioana. Le iba a escribir que me iba a mudar con tía Matilda y continuaría la escuela secundaria en Bucarest, con ella. Ni siquiera estaba pensando en mi abuela, en su sufrimiento.

A pocos días le mandé una carta. El correo era muy, pero muy lento. Si me hubiera contestado inmediatamente, no habría recibido su carta hasta después de tres o cuatro días, así de lento iba el correo. Cuatro días parecían una eternidad. Pero después de cuatro días, no recibí nada. Esperé otros cuatro días, en vano, y le escribí de nuevo. Y de nuevo esperé y de nuevo le había escrito en vano. Ioana no me contestó ninguna de las cartas.  Me enojé, no sabía qué decir, finalmente encontré la solución. Iba a dejar de ir a la escuela un viernes y marcharme a Bucarest, para recogerla cuando salía de sus clases y pasar el fin de semana juntos. Así también sabría por qué no responde a mis cartas. Me engañaba a mí mismo pensando que no las había recibido, porque es verdad que pudiera haber complicaciones en correos. Le pregunté a mi abuela si podía ir y como no podía negarme nada, me hizo un paquete con comida para el camino y besándola me fui al tren.

El aire frío de la mañana me picó la nariz. Las calles estaban desiertas y aún no había luz. Pero en la estación había mucha gente. Todos con asuntos personales o de negocios, ¿qué sé yo? Ya no me importa nada. Sólo estaba esperando, con impaciencia, los momentos en los que volveré a estar con mi amada. Estaba perdidamente enamorado y el hecho de que ella no hubiera respondido a mis cartas había aumentado mi pasión. Cuando llegué a Bucarest estaba en plena inquietud y, algo que nunca había hecho antes, me subí a un taxi y le mandé al chofer llevarme a la escuela secundaria de medicina. Eran las nueve de la mañana y habría tenido todo el tiempo para llegar a mi destino al menos una hora antes del final de las clases. Pero no podía esperar más. Incluso el taxi me pareció que iba demasiado lento. Cuando llegué al cruce, en la Universidad de Bucarest, el corazón me dio un vuelco. Por un segundo me dio la impresión de que esa pequeña mujer, vestida con ropa muy, pero muy cara, que cruzaba la avenida hacia el Hospital Coltea era Ioana. Su cabello sobre su espalda flotaba libre, ya no había más trenzas, como cuando vino hacia mí, vestida con el kimono.

Después de cruzar la avenida, pedí al conductor que se detuviera cerca del hospital de Colțea. Pagué y bajé rápidamente, dirigiéndome apresuradamente hacia ella. No estaba seguro de que fuera ella. A mi juicio era una confusión, porque ella debía estar todavía en la escuela. Sin embargo, algo dentro de mí no me daba paz, Ioana tenía un andar inconfundible. “No grites” – pensé. Era mejor darse prisa, para alcanzarla. Pero ya no fue posible. Ella, o más bien aquella chica entró en el Hotel Intercontinental. Me detuve. ¡No podría ser Ioana! ¡Una alumna no podría estar en un hotel en horario de clase! Quería regresar. Pero pensé que sería mejor comer algo. Y me fui adelantando hacia un lacto bar que había en el sótano del Hotel Intercontinental. Lamenté no haber visto el rostro de la chica. Se suponía que debía parecerse a Ioana de alguna manera, pero Ioana no tenía que buscar en un hotel así. Y además estaba demasiado elegantemente vestida. Y no podía imaginarme a Ioana, excepto vestida con un traje típico de paisana, o con un kimono. Ahora después de comer un bocadillo de jamón con queso salí a pasear alrededor del hotel Intercontinental en busca de otro taxi, para seguir mi camino a la escuela de Ioana. Cuando llegué a la esquina del hotel, esa mujer rubia que parecía loana estaba saliendo por la puerta del hotel, acompañada de un hombre. El hombre parecía extranjero.Tenía la tez de la piel oscura. Tenía pinta de árabe. Un chaval con traje de empleado del hotel le trajo el coche hasta el andén. Entonces aquella mujer rubia, que se parecía a loana, se aferró al cuello de aquel extranjero, lo besó y le dijo:

 – Eres dulce, te agradezco por satisfacer mi capricho. Ya sabes lo mucho que me gusta pasar los fines de semana en la montaña. ¡Es guay!  Si no quisieras ir, sabes que habría ido con otra persona. Todavía se pueden encontrar hombres corteses, ¡gracias a Dios!

Yo, en una fracción de segundo me quedé helado. ¡Me había dado cuenta de que la muchacha era Ioana! Quedé atónito en el lugar donde me había detenido, sordo, mudo y estúpido, por lo que vi. El desconocido y la mujer subieron al coche, sin siquiera mirar hacia el lugar donde estaba yo. Cuando se fueron miré la matrícula. Era una matrícula extranjera. Ahora todo estaba claro, el amorío había acabado antes de empezar. Apenas podía mantenerme en pie. Por eso no había respondido a mis cartas. Yo era para ella, solo era un pequeño placer, que ella se había dado. Un pollito, como me dijo, a quien había engañado con sus encantos fingidos. ¡Un juguete con el que se divirtió un rato corto!  ¡Que luego se arrojó a la nada en un visto y no visto!  Y sin embargo sus palabras, sus caricias, sus besos, tenían algo triste y eterno.

 Cuando la volví a ver, después de algunos años, me confesó que entonces me había amado, que yo era su único gran amor realmente. Pero había entrado en un juego del que ya no podía salir.

FIN CAPÍTULO I


CAPÍTULO  II

Un día llegó a nuestro colegio una profesora de inglés, que acababa de salir de la facultad. Cuando entré al aula por primera vez, mis ojos no podían creer lo que estaban viendo. La tía estaba para comérsela, no tenía ni pizca de rancio de un maestro de una ciudad provincial. Se parecía más a la imagen de las chicas sex-appeal de las revistas sexy – a las que sólo mirábamos de reojo, por miedo a que alguien nos sorprendiera – que al tipo de profesora rígida, que entraba a clases con la dureza impresa en la cara, por temor a que su autoridad se vea socavada y que luego acude a lugares escondidos para mirar con avidez revistas porno, cómo sorprendí a la profesora de anatomía, en el laboratorio, después de haber confiscado la revista de George, que el idiota estaba ojeando en su clase, y cuando le preguntaron qué estaba haciendo, entrecerró los ojos debajo del banco y respondió que estaba estudiando una revista de anatomía extranjera.

La nueva profesora de inglés se presentó, luego abrió el catálogo y empezó a hacer el recuento de los alumnos. Cuando llegó a mí, le pedí permiso para salir. Sentía la necesidad de refrescarme. “¡Maldita sea, esta profesora me derritió desde el principio!”. Estaba convencido de que de ahora en adelante voy a aprender inglés tan sencillo y rápido como beber un vaso de agua. Al menos para meterse uno bajo su piel. Y eso fue lo que hice. Ya había pasado un mes, durante el cual había estudiado mucho, cuando un día, Ana-Maria Velicu – pero qué resonancia tiene este nombre para mí – entra a la clase, saca el catálogo lo pone sobre la mesa y con su culito angelical apoyado en la mesa, se dirige a nosotros:

-Queridos, me gustaría que contribuyeron con algo a la fiesta de fin de año .Con un sketch, o con algunas bromas, con música folklórica – si hay alguien que toque la guitarra – dos o tres poemas alegres, por ejemplo, de las Baladas alegres y tristes de Topârceanu. Bueno, ¿Qué dicen? ¿Ponéis el hombro para apoyar la acción? Toda la clase respondió afirmativamente. Incluso teníamos dos cantantes folclóricas en la clase, Mirela y Antígona y   Sam Coliva era el tío más chistoso que había conocido jamás. Lo apodaron así porque una vez, Mişu Potaie – otro colega nuestro – lo encontró un día de domingo, sentado a la puerta de la iglesia y llenándose la boca con coliva, de cada anciana que lo invitaba. Después de que Misu le dijera que lo había visto, admitió ante todos que había estado haciendo esto durante mucho tiempo, porque simplemente estaba enamorado de este dulce goloso que se hacía en memoria de los muertos. Y desde entonces Sam Coliva se le quedó como apodo. Era un tío chistoso y gracioso, y sus chistes gustaban montón a todo el mundo. – Además me gustaría si entre todos podéis hacer un equipo de teatro para presentar a fin de año una bonita obra de teatro.Si entre vosotros hay alguien con talento para escribir, no tengo ninguna duda de que sabrá escribir algunos versos, que publicaremos en el periódico mural del colegió. ¿De acuerdo?  Os lo ruego. Y si podéis, por favor, hacer un sketch o un chiste o dos, pero algo auténtico, algo vuestro. Me lo prometéis.¿Sí? ¡Gracias! 

Por supuesto, todos mis pensamientos se centraron en esta dirección: escribir poemas, escribir un boceto y, en general, demostrar mi valía en el teatro y en el montaje de obras de teatro.

Una vez que llegué a casa, me puse a pensar y con un bolígrafo en mi mano estuve mucho tiempo sin poder sacar alguna idea de mi mente para plasmarla en letras en el cuaderno que tenía enfrente. 

Cuando murieron mis padres, en un momento de crisis, pensé en cómo sería estar yo en su lugar y ellos al borde del del hoyo tirando puños de tierra sobre mi ataúd, y había escrito un poema, pero no recordaba  dónde lo había puesto. Lo encontré relativamente rápido, estaba junto con otro poema sobre la paz, que me había regalado un colega. Los revisé rápidamente.  Mi poema, “Muerte” , sonaba muy raro después del tiempo escurrido desde que lo escribí. Pero aun así me lo prepare para ser presentado:

” Cuando el rugido del tumulto dejó de apuñalar mi cerebro nublado,

sentí que un rayo curvilíneo comenzaba a barrer la negrura del hollín canceroso, acurrucado en la caja de mi cráneo

La visión de mi ciudadela natal hormigueó mi interior.

Un símbolo tenso, sobre el que aparecieron después unas manchas rojas

que luego se unieron formando la palabra de la que nací: “Polvo”.

Sólo entonces escuché claramente las palabras del

sacerdote diciendo la última oración y sentí en el llanto

lúgubre todo el dolor del sufrimiento de una madre

desconsolada,

¡Y mi mente se apagó!”

El otro poema, el del colega, me parecía más interesante, más moderno, más poema .

 “Estaba viviendo tranquilamente en mi Incubadora sin forma

cuando una mañana logró despertar para mí, una sed loca

de prados azules pintados con la nostalgia de tiempos pasados.

Y salí al mercado. ¡Qué tontería, en ningún escaparate arcoíris ¡

Estaba hace un siglo allí. Respiré hondo y grité para ser escuchado a través de la historia

¿A quién le queda todavía una pizca de su mente?”

Luego se acercó una especie de nada y me gritó en un susurro:

“Cállate, no despiertes el cementerio, fantasma.  ¡Que los muertos descansen en paz!“

Le di dos bofetadas. Oye, qué cementerio, qué muertos, ¿qué paz?

Pero no lo logré, no lo logré porque mis enormes brazos eran como los tenderos del mercado, sólo nostalgia del pasado.

Y es como si yo… Recordé que un ciudadano dijo una vez que alguien apretó, por fin, el botón…

No pude apreciar el poema. Pero, al oído, los versos sonaban. Así que incluí este poema en la lista a presentar.

Sin embargo, para no tropezar desde el principio decidí que en la fiesta recitará un poema publicado y, después de varias búsquedas, me decidí por “Romance retrospectivo” de Ion Minulescu. 

De hecho, Sam Coliva había adoptado la misma táctica y me lo confesó al día siguiente, cuando vino a verme.  Excepto que quería recitar “La esposa infiel” de Miron Radu Paraschivescu. Pasado una semana el Sam vino a ver me con un boceto de una pequeña obra escénica y me pidió que actuáramos juntos.

 – Fíjense en lo genial que está diseñado, qué línea modernista tiene (y siguiente me presentó la obra):

 Răzvan:entra cantando ” Nosotros dos y un paraguas”. Tiene un ramo de flores en la mano. Parece feliz. Se para en medio del escenario y suspira profundamente, tras lo cual se suena la nariz. Luego saca un pañuelo y se limpia el dedo sucio. No puede sostener las flores en la mano y las deja en el suelo. Aparece Gabi tarareando algo incompatible con la noción de canción.  Da una o dos vueltas alrededor de Răzvan y luego dice:

– ¡Qué tiempo!

Răzvan: – Sí. ¡Que sol hermosísimo! 

Gabi:mirando al cielo nublado: – ¿Le diste a la botella? 

Răzvan: – Yo no diría tanto. Saca su pañuelo y se suena fuerte la nariz. (El juego de las flores es el mismo). Repitió:

Răzvan: -Yo no diría tanto.

Gabi: – Sí. (luego un poco irritado). Bueno, eres estúpido. El sol no ha salido desde hace dos semanas. La abuela de alguien – no te digo de quién, porque no soy chivato – dijo que las aves migratorias empezaron a llegar hace unos días. Pero algunos se fueron.

Răzvan: – El sol está en el corazón…

Gabi (guardando silencio como si entendiera) : – ¡Ajá!  (luego se da cuenta) ¿A, pues bien, no? Saca un paquete de cigarrillos y le sirve a Răzvan

Răzvan: – Ya no fumo.

Gabi: – ¿Por qué?

Răzvan: – Está de moda. Ahora que las chicas fuman desde los 13 años, no tiene sentido andar con un pitillo en el pico y fingir que no le tienes miedo a nadie, aunque si apareciera un profe o un pariente frente a ti, té vas a cagar encima.

Gabi: – Yo tampoco fumo.

Răzvan: – Pero estos cigarrillos, ¿por qué los llevas contigo? 

Gabi: Estás más a la moda. No fumar, pero llevar cigarrillos consigo. Además de eso, también soy fanático del juego de cartas, me gusta así, ver cómo juegan los chicos y cómo las risas, al comienzo del juego, terminan en caras ralladas al final.

Răzvan: – ¿Qué tiene que ver una con la otra? Quiero decir, ¿qué tiene que ver el tabaco con el hecho de que seas un mirón?

Gabi: – De juegos de cartas.

Răzvan – De cartas, por favor no me marees más.

Gabi: – ¿Ves que no lo sabes?

Răzvan : – ¿Saber qué?

Gabi: – Ves que no lo sabes

Răzvan: – ¿Qué?

Gabi: – Cuáles son los atributos de un mirón de juegos de cartas.

Răzvan: – ¿Y según tú, cuáles son estos atributos?

Gabi: – Primero es estar callado, segundo, fumar cigarrillos y tercero que no te huelan los pies.

Răzvan: – ¿Y se te da bien? 

Gabi: – Lo estoy intentando. ¿Qué hora es?

Răzvan: -Y unos minutos.

Gabi: – ¿Más minutos, o menos?

Răzvan: – A veces.

Gabi: (meditativo ) Ya no viene.

Răzvan: – ¿Quién?

Gabi: – La novia.

Răzvan: -Oh, ¿estás esperando a tu novia?

Gabi: – No. Quiero decir, no yo.

Răzvan: (con complicidad) – ¿Pero quién?

Gabi: – Tú.

Răzvan: (sorprendido) – ¡Yo! Quiero decir, que tienes razón. (Da unos pasos moviéndose al fondo del escenario)

Răzvan: – ¿Se nota? 

Gabi: – De lejos. Pareces un repollo (señalando la flor) en flor.

Silencio. Los dos retoman sus posiciones iniciales.

Gabi: – No creo que vendrá.

Răzvan: – ¿Y por qué piensas eso, por favor? 

Gabi: – Bueno, la última vez que la vi, parecía que no le importabas un carajo.

Răzvan: – No es verdad, me adora! 

Gabi: – Anteayer dijo que nunca había conocido a un tonto más grande que tú.

Răzvan: – ¿Quién diablos te dijo tal cosa?

Gabi: – Ella. Y no solo a mí.

Răzvan: – ¿Quién más estaba contigo?

Gab:i – Linda.

Răzvan: –  ¿Qué Linda?

Gabi: Mi perra. 

Răzvan: – Deja la perra. Te pregunto ¿qué otra persona?

Gabi: – Héctor

Răzvan: – ¿Héctor?

Gabi: – El perro del vecino, porque había venido a oler a mi perra.

Răzvan: – Está más claro. La dejo. Ya terminé con ella. Escucha, por cierto, a mí tampoco me gustó mucho esta chica.

Gabi: – Eso es lo que ella decía de ti.

Răzvan: – ¡Ajá!  ¡Déjalo!

Gabi: – ¿Qué estás haciendo? 

Răzvan: – Me voy. Ya no quiero ver esta chica fea y de algún modo diabólica.

Gabi: –Yo me quedo. La última vez dijiste que era un ángel. 

Răzvan:  – Sí, un ángel, también le traje flores. ¿Sabes cuánto le gustan las flores? Pero es una arpía. ¡No le traje nada!

Gabi: -¿Y qué haces con las flores? 

Răzvan: (confundido) – No lo sé.

Gabi: – Dámelos…

Răzvan: -Si, toma las flores. Ya me voy, adiós.

Gabi se queda en medio del escenario con las flores en mano. Canta. Suspira profundamente, luego se hurga la nariz. Luego saca un pañuelo y se limpia el dedo sucio. Entra Răzvan tarareando algo incompatible con la noción de canción. Da dos vueltas alrededor de Gabi, después de lo cual dice blanco:

Răzvan: – ¡Qué tiempo!

Cae el telón entre los aplausos de los espectadores.”

Después de leerlo, me quedé pensativo. No es que no me gustaba, que a mí también me importaban cosas como ésta, pero estaba seguro de que nos estábamos metiendo clavos en el ataúd sin hacer falta. Y yo, de todos modos, tenía que hacer algo con Ana-Maria. El tiempo pasó de repente y las fiestas nos vinieron encima. El día más goloso llegó. Me acicalé y mi abuela seguía riéndose en su pañuelo, para no avergonzarme. Lo noté de reojo, pero no tuve tiempo para vergüenza. Había llegado el momento de las grandes acciones, eso es lo que pensé entonces. Ahora no me queda más que sonreír con nostalgia ante la ingenuidad de aquellos años, cuando habría hecho a Bayard con todo mi corazón – el intrépido  caballero intachable, para conquistar una fortaleza inexpugnable que era Ana- María.

Llegué entre los primeros al salón de la cantina, donde había tenido lugar la fiesta.

De repente se me ocurrió un pensamiento estúpido. ¿Qué tal fallar al recitar los poemas?   Se me hizo un nudo en la garganta, ya no podía tragar. Pero, como dicen los mexicanos, para todo el mal mezcal, y para todo bien también. Sabía yo lo que sabía, cuando me lleve de casa la botella de vodka, la que guardaba para los invitados. Tuve un presentimiento, y aunque no creo en cosas tan varoniles, me dije que no estaría de más llevarla conmigo, porque Dios no lo quiera, tal vez Muticuta – nuestro gato- salte y la derribe y luego los invitados permanecen sin tratar. 

Tomé un gran trago de vodka en la esquina de la cantina, donde escondí la botella, me sacudí todo el cuerpo, se me subió el alcohol a la cabeza en menos de un segundo y luego  comencé a sentirme así, más alegre y más ligero que nunca. Tomé otro buen trago, puse la botella detrás de un barril de repollo y tomé el camino junto a la pared de la cantina, acercándome sigilosamente de la puerta de entrada en la sala de baile aproximadamente como lo vi en una película con indios. Por supuesto, no quería que alguien me viera y me robara la botella de vodka. Todavía la necesitaba. Cuando doy la vuelta a la esquina para entrar por la puerta de la cantina, de repente me detengo. Justo delante de la cantina,  Matei, el carpintero del instituto hablaba con el señor Caragea, el profesor de lengua rusa.  Cada vez que escuchaba Matei me partía de risa y la mayoría de las veces me iba sin poder soportarlo, porque me dolía el estómago de tanta risa. El Señor Caragea quería encargar dos galerías de madera fina, porque se había mudado a un nuevo departamento y necesitaba unos trabajos de carpintería, y sabía que Matei era un gran artesano.

– No se moleste señor profesor, pero dentro del recinto de la escuela no puedo hacer nada, estamos causando problemas y yo no quiero problemas, compréndelo usted. Los hacemos en mi casa, donde tengo el atelier, como dicen los franceses, cuando tengo tiempo libre, no aquí donde prestó trabajo para el instituto, querido mío. Y entonces estaremos limpios, querido mío, ya no dentro del horario escolar, querido mío.

– Pero no sé dónde tiene su atelier Matei.

– ¿Cómo es que no sabes, querido mío? Todo el mundo lo sabe, está en la plaza del ayuntamiento, querido mío, junto al mercado de aves vivas.

– ¿El edificio amarillo?

– Sí querido mío, sí, ahí vivo, en el número 1 de la plaza, querido mío.

– ¿Entonces a qué hora vengo mañana?

– Sobre las cinco de la tarde. Trae el material y que sea del bueno, querido mío.

– Bueno, queda fijo a las cinco de la tarde. Me voy a casa ahora, ¿no vienes tú también? 

– No querido mío, lo siento, estoy esperando al tendero, me prometió algo.

–  ¡Bien, adiós!

–  ¡Adiós, querido mío!  El señor Caragea partió, y yo alegremente volví a la botella de vodka. Estaba pensando que, si le doy otro trago, puedo pasar por delante de Matei sin reírme. Pero cuando me llevé la botella a la boca, recordé el “querido mío” y me reí, se me atragantó la vodka y maldecí a Matei por su humor involuntario. Desafortunadamente, ni siquiera me molesté a tener el moro apartado cuando pasé por al lado del artesano.

– Buenas noches, estas chupando algo, querido mío, porque  me parece que hueles un poco a vodka, querido mío.

No le respondí nada y corrí como un rayo al baño, y al verme en el espejo, me di cuenta de que toda la cara estaba roja. No parecía tan mal, pero me lavé con un poco de agua fría.  Este zorro de Matei te huele de lejos, aunque no tengas las mejillas rojas. Tiene sus sentidos, como le gusta decir.

 Regresé de buen humor al comedor de la cantina. Estaba hermosamente arreglado, con guirnaldas, y lámparas de colores, un estroboscopio y al fondo estaba el podio, especialmente arreglado para los intérpretes, entre los cuales me encontraba con mi poema, ” Romance retrospectivo “. La sala estaba casi llena de alegres niños felices, quienes, esperando la señal de inicio del baile, se habían reunido en pequeños grupos. Eran todos con los trajes de domingo puestos. Las chicas iban vestidas de forma extravagante, con chaquetas estampadas de colores llamativos, con faldas ajustadas para resaltar sus mejores rasgos, bueno, algunos de ellos. Todos tenían cortes de pelo juveniles y copados de Madonna, otros más modestos, dejando sólo un fleco sobre el ojo izquierdo o derecho, según la preferencia. Llevaban grandes pendientes y maquillaje brillante y lápiz labial de varios colores. 

Los chicos, más modestos, como siempre, algunos con vaqueros, otros con pantalones de paño anchos, la mayoría con zapatillas, con blusas de colores llamativos y, en un rincón, de forma bastante torpe, incluso un tío con traje. ¡Ese era yo!

Un grupo de profesores aparece entre nosotros, pero Ana-Maria no está entre ellos. ¿Qué tal si no viene? ¡No, eso sería inadmisible! ¿Podría hacerme el feo y no venir?  Vaya que idiota soy, como si ella viniera por mí! Viene porque tiene una tarea que cumplir. No digo que no disfrute la fiesta, porque es joven, pero el deber está en primer plano de todos modos. ¡Ah, mírala! No puedo, tengo que sentarme. ¡Dios, qué mujer! Qué bien le queda este amarillo en el vestido largo, sin mangas! Vino con sandalias de tacón. Quiere estar en la cima. ¡Qué ojos azules tiene, no puedo compararlos con nada!  ¡Mira cómo les besa las manos ese zorro de profe de física! ¿Qué quieres obtener del gusano, no ves que no estás a su altura? Tampoco lo estoy yo, pero el hombre si pierde la esperanza, muere.

 Ya está, el baile comienza. Ella subió al escenario y se dispone a decirnos algo:

– Buenas noches a todos. Me gustaría que esta fiesta no se desarrollará estáticamente como en otros años. Me gustaría darle un poco de dinamismo, por eso les pedí que hicieran todo lo posible, para que podamos montar un pequeño espectáculo con premios para los intérpretes y al final, un concurso de baile, también con premios, en el que también participo, si alguien tiene confianza en que no lo voy a defraudar! ¡Gracias! ¿Confiar? ¿Qué tiene que ver la confianza? Yo voy a ganar, aunque no vamos a ser la pareja premiada. ¿Qué mayor premio que tenerla en tus brazos durante un vals o un tango? ¿Qué importa que no tenga ni idea de bailar? Lo siento, eso es lo que menos me importa. Pero el objetivo es disculpar a los medios. Y ahora muévete, si no quieres perder la oportunidad. Pero cómo hacerlo, ella está entre los profesores. ¿Puede un alumno hacer pareja con un profesor?  ¿Y si un profesor la hubiera invitado, mientras tanto? ¡Puedes esperar cualquier cosa de estos viejos verdes! ¿O si tenía algún arreglo, establecido antes y lo que dijo en el escenario era solo para decir algo? De todos modos, tengo que intentarlo. ¿Qué me puede pasar? ¿Me recesara? Y luego, si no voy, pierdo desde el principio. Así que vamos, si tienes sangre, ataca! Apreté el nudo de mi corbata y me dirijo entre las parejas ya formadas para el primer baile, hacia el grupo de profesores:

– Señorita Velicu, un segundo, discúlpeme, me gustaría hablar con usted.

– Sí, te escucho.

– Yo, señorita, tengo confianza en su talento como bailarina. Quería decirle que, como camina como un gato, debe estar bailando como un Demonio, o más bien como una Diosa.  Pero se me hizo un nudo en la garganta, tan grande como el de la corbata y no pude sacar ninguna palabra.

– ¡Bien hecho, gracias! Espero que esta noche formemos un equipo formidable.

– Y no sólo esta noche, se me escapó.

– ¿Qué quieres decir con no sólo esta noche?

“¿Qué quieres decir? “ Ah, qué dulce lo dijo, creo que adivinó algo, pero no se da por aludía.

– Digo, tal vez habrá veladas con concursos de baile y en otras ocasiones. Y si ahora nos va bien, entonces tal vez nos gustaría seguir haciendo pareja de baile.

– Ah, sí, lo entendí y – sonrió con picardía. Búscame cuando empiece el concurso de baile.

Entiende lo que dije, claro, pero no lo que dije en voz alta, sino lo que se esconde detrás de las palabras. ¡Vamos chichillo a la botella de vodka, celebremos el primer paso dado!

Cuando llegué al barril de repollo, sentí ganas de matar a alguien. Sam Coliva y Misu Potaie, la contemplaron – la botella de vodka – a la luz de la luna, sentados en cuclillas detrás del barril de repollo.

– ¿Cómo ves esta botella? ¿Está medio vacía, o está medio llena? ¿Qué te parece? Preguntaba Sam a Misu.

– Está medio vacía, ¿cómo puede estar medio llena?

– ¿Ves que eres un idiota? Desde mi punto de vista, está medio llena. Pero eso es porque soy más optimista, mientras tu eres un puto pesimista, tu visión lo confirma.

– Eres un borracho de mierda y tú también , les dije yo.

Dos borrachos y ladrones encima.

– ¿Cómo conseguiste la botella? 

– Te tenía echado el ojo – dijo Sam Coliva. Te vi llegar desde casa con la bolsa. Doblaste la esquina con ella y luego regresaste a la cantina.

– Pensábamos que algo no estaba limpio, y realmente no lo estaba, añadió  Misu Potaie .

-Vamos, entiendo la historia de la botella, pero ¿qué haces con estas flores? continuo Misu .

 Es cierto, había dejado las flores para Ana-Maria en la bolsa, al lado de la botella de vodka, pero lo había hecho porque lo de las flores no es visto con buenos ojos por mis compañeros de secundaria.  Si te pillan con flores, te quemas; te etiqueta en el acto: ¡pusilánime!

 – Bueno, estas flores son para la señorita Velicu – las niñas me las entregaron para regalárselas yo porque es más chic que las flores vengan de parte de  un chico.

– Sí, no se me ocurrió eso – dice Sam, meditabundo.  Quizás las chicas tengan razón.

“Madre, ¡qué mentira tan genial se me había ocurrido!  ¡Me sacó de un gran lío!”

Con el alma en paz, tomé la botella de vodka que me entregaba Mişu Potaie y la besé brevemente, dos veces. Luego se la pasé a Sam Coliva. Y seguimos cambiando la botella de mano en mano, en silencio, hasta que se vació de contenido. Estaba muy satisfecho conmigo mismo. Creo que estaba en estado de cualquier cosa, incluso de borrachera. Por eso pensé que lo mejor sería dar un pequeño paseo para despejarme. Era la primera vez que bebía más de la cuenta. Hasta entonces no había excedido un vaso de aguardiente o coñac. Y esto en ocasiones, cuando me pedían que orara por la salud de alguien. No me gustaba la bebida y me sentía morir de despecho y vergüenza. Pero lo que hice ya estaba hecho. Ya no se saca a los muertos del hoyo, como decíamos cuando éramos niños.

Me di dos bofetadas en la mente y me obligué a no sobrepasar nunca más con el alcohol. Sobre todo, porque también soy atleta y se sabe que beber perjudica el rendimiento. Yo era un buen atleta y a veces incluso un buen profesional, fui subcampeón de boxeo. Sin embargo, cada vez amaba más el fútbol, aunque aquí no logré ningún rendimiento. La escuela y el boxeo ocupaban todo mi tiempo. El boxeo es ciertamente un deporte de hombres, pero al final sigue siendo una pelea organizada. Es mucho más sencillo verlo como espectador. Y, por qué no decirlo, de forma más eficiente. Nunca he oído hablar de ningún espectador subido a una camilla después de presenciar un combate de box. Mientras estaba en las categorías inferiores, era diferente. La técnica importa más que la fuerza. Era una especie de balé en el ring. Boxeabas por placer, manteniendo la escuela en primer plano.

En esta primera etapa del boxeo no se buscaba machacar al contrincante. Pero cuando se pasaba de Juvenil a Señores se cambiaban las tornas. Y aunque la “Federación Rumana de Boxeo” es para aficionados, el concepto del jugador es el de un profesional. Como en otros deportes, por supuesto. Porque en función del desempeño deportivo, los participantes saltan al plano social. Es normal, como un medallista olímpico, campeón del mundo, campeón europeo o nacional, recibir el diploma y el título de maestro emérito de deportes y en estas condiciones, las satisfacciones son múltiples tanto en el plan deportivo como social. Como deportista ves tus éxitos coronados, fruto de tantas horas de entrenamiento, la alegría de la satisfacción cumplida, tienes la autosatisfacción, de el que fuiste capaz de hacer feliz a todo un pueblo, a través de victorias en competencias internacionales, y que le llevaste la gloria a toda una nación. Por supuesto, todo esto también se refleja en el plan social, como decía. Entonces el deportista aficionado hace de su deporte favorito un trabajo, como entrenador, y puede llevar a cabo el trabajo de rendimiento como profesional hasta el final. En consecuencia, el atleta senior lucha con más dureza que el atleta junior. Y como el boxeo, a cualquier nivel, es un deporte duro, por su propia naturaleza, había decidido colgar los guantes, porque después de todo, tenía una visión diferente del mundo. Y, aunque soy hombre, no apruebo la dureza. La delicadeza de un regate es más satisfactoria que un gancho en el mentón.

Mírate – estaba pensando – ¡dónde empezamos y dónde terminamos! Desde una botella de vodka, hasta la teoría del rendimiento deportivo. En fin, me siento mucho mejor. Ahora, que sentía como se me aclaraba la mente con el aire fresco y el caminar, pude entrar de nuevo en la cantina.

El sudor corría por las mejillas de los bailaores, pero no paraban. ¿Dónde está Ana-Maria? ¿Ella también está bailando? No, está junto a la puerta del baño, con la profesora de francés. Está fumando. ¡Es preciosa! ¿Cómo puedo permitirme creer que podría mirarme como a un amante? ¡Es una aberración! Y sin embargo… Analicemos: no soy feo. Vamos, que he empezado bien. ¡Alabada sea tu boca… Pero definitivamente así era. ¿Soy feo? A las chicas les hago tilín. Hace un tiempo, una colega, a cuyo cumple había asistido la noche anterior, me dijo que su hermana, de 23 años que era modelo profesional, me encontraba muy elegante. Dijo que mi dulce figura de bebé hace muy bien con mi cuerpo atlético.  ¿Cómo sabe que tengo un cuerpo atlético? le había preguntado. Te admira desde la sombra. También te vi en los combates de boxeo, en la piscina y en la cancha de tenis. Dijo que eres muy bueno para tu edad. También estaba diciendo algo más, pero no te lo diré. Este ejemplo si fuera el único, y todavía sería suficiente. Para mí, obviamente.

Así que el punto uno, lo pasé. El punto dos: no soy corrupto. Se desprende claramente de la explicación del punto uno (o no, pero me gustaría que Ana-Maria pensara esto de mi). Tres, ¿soy tonto? Oh, no, ya soy demasiado pobre para ser tonto. ¿Mi edad? ¿Es aquí donde está el tema? No, no lo creo. A las mujeres si se enamoran les da igual la edad del macho, creo. Entonces, ¿qué barrera podría haber? La condición social, eso es todo. Yo soy, todavía, estudiante, ella es profesora. Es muy difícil saltar las barreras convencionales, y la gente habla. En general, no me importa mucho lo que dicen. Estoy acostumbrado a cuidar mis andares, y tal vez soy más estricto conmigo mismo de lo que otros serían conmigo. ¿Pero? Digamos que ella lo haría, que aceptaría mi amistad. ¿Qué será de ella? ¿Cómo será juzgada? ¿Cómo será etiquetada inmediatamente? Oh, Dios, sí. En este pueblo, una conexión íntima entre nosotros a plena luz del día está excluida. Todo lo que tengo que hacer es tomar lo que me ha dado hasta ahora: una voz suave, una cálida sonrisa, todo su ser físico para la contemplación horas y horas seguidas. Oh, ya sé que no es poco, pero tengo que compartir todo esto con decenas de estudiantes. ¡Ah, hombre, egoísta y travieso te has vuelto! 

Pero vamos a no desesperar, porque nos volvemos melodramáticos y yo nunca podría tragarme melodrama. Todo depende de ella. 

La música se detuvo. Se anunció una breve pausa, tras la cual continuará la actuación anunciada al comienzo de la velada. Los folclóricos afinaron sus guitarras y los primeros recitadores salieron a repetir una vez más sus versos antes de pasar a la escena. Yo era el último en actuar.  Elegí un lugar más apartado, de espaldas a la ventana, y probé si no había olvidado mis versos. Pues no, no había olvidado nada. Todo seguía fresco en mi mente.

Comenzó el espectáculo. Era un espectáculo de aficionados, pero estuvo lindo.  Tenía una nota especial.

¡Qué voces tan tiernas tenían estas niñas! Folclóricas pero bellas y con voz de ángeles.  Su melodía te llevaba a montañas altas, a estrellas brillantes, a aire fresco.

 Luego, Sam Coliva intenta hacer reír a la gente con comparaciones entre el horario escolar y los títulos de películas u obras de teatro conocidas.

 Clase de química: El cianuro y la gota de lluvia, física: El efecto de los rayos gamma en las anémonas, biología: La hierba verde de los prados, deportes: Todo sobre fútbol,  etc.

Luego lonica  Stratilat recito un poema de amor. Yo no puedo soportar a este Ionica Stratilat, ya que era un engreído sin igual.

Después de él siguió Loredana Hertz con una balada, y finalmente yo.

Tuve que prepararme. Lo releí una vez más, en mi mente, con la mirada lanzada al vacío.  Loredana terminó, pero se quedó un momento. Porque los aplausos no cesaron. Le di la mano con gracia, para ayudarla a bajar, me incliné pensando ” ¡Dios me ayude!” y di un salto estaba en el escenario. Hubo silencio. Y en mi alma hubo silencio. La busqué con las miradas. Ella parecía saber que lo que iba a recitar era sólo para ella. Mantenía la cabeza ligeramente inclinada, hacia su hombro derecho, y me suplicó con la mirada, vamos querido, háblame, estoy lista para escucharte.  “¿Por qué la amaba? No sé por qué.”

He continuado a recitar cada verso mirándola, y poniendo todo mi énfasis de tal manera que el silencio total reinaba  en toda la cantina . Al final yo tenía los ojos húmedos. La emoción flotaba en el aire.

Entonces la sala estalló en aplausos, como en un concierto en alguna sala de renombre de alguna capital de renombre. Bajé lentamente, sin perder a Ana-Maria de vista. Cuando me acerqué, me tendió la mano.

 – ¡Felicidades!

Le besé la mano y quise ir. Me detuvo y susurró en inglés

 – ¿Ha sido para mí?

 – Sí. 

Me estrechó la mano, muy suave y acto seguido se dirigió hacia el grupo de profesores. 

Me quedé de piedra,  ¡no me lo esperaba! Fue como una guerra ganada antes de comenzar.  Porque no pude estar equivocado. ¡Ella me amaba! Y esto me hizo muy feliz.  Pero recordé un pasaje del libro “La reina Margot” de Dumas, en el que un joven, al ver a lo lejos la figura de una mujer, se enamoró instantáneamente y con gusto habría puesto la vida a sus pies, para complacerla. Cuando él se acercó avergonzado, sin saber cómo iniciar un diálogo, la mujer lo invitó a su casa para pasar una hora de amor. El joven se disgustó inmediatamente por el fácil éxito y se fue enojado. Él había pensado que era una mozuela y sin embargo era una puta. No tenía nada que ver con lo mío con Ana-Maria pero quizás me hubiera gustado no ser tan fácil la conquista ….

Aunque las palabras tiernas son más fáciles de decir en un idioma extranjero, podría haber sido que ¿por qué no? una burla. Quizá que ella no tuvo la intención de ser tierna, que el gesto tuviera otro significado, cosa que yo no percibí. Tuve que convencerme a mí mismo. 

El concurso de baile empezó un poco a la antigua, con un minueto al estilo Luis XIV.  No sé de quién fue la idea, pero fue recibido con risas, silbidos y aplausos. Luego pasamos a bossa nova, charlestón, conga y terminamos con tango y vals. Durante el vals, forcé un poco la nota y le pregunté – mirándola insistentemente a los ojos.

– ¿Me amas? Le susurró en inglés.

– No puedo responder ahora. Pregúntame en otra ocasión, dijo, también en inglés.

Aunque evasiva, la respuesta me aclaró por completo. Entonces sabía lo que podía esperar.  Sin embargo, la llevé a casa, con contratiempos. Porque en la oscuridad, junto a una enorme discoteca, nos llamaron la atención tres individuos sospechosos que olían a alcohol, y nos pusieron los nervios a flor de piel. Fueron muy educados, tanto conmigo, liberándome del puesto de acompañante – lo cual no es muy halagador, la verdad – como con ella, ofreciéndose a llevarla en coche a casa. Ahora no se sabe en qué casa. ¿A la de ellos o a la de ella? No les presté atención, porque hablaban un poco confundidos, y además cometí la imprudencia de rechazarlos y no eludir mi deber de acompañante. Entonces uno de ellos, no sé cuál, intentó pegarme un puñetazo. Para su desgracia, recordé que soy subcampeón nacional del deporte en el que me retó, hice un gesto de esquiva y con un gesto reflejo, le di un directo al mentón, que lo proyectó directamente en medio del campo donde el agua se había acumulado y se había formado un charco. Los otros dos, me doy cuenta de que estaban enojados conmigo porque se fueron rápido sin darme las buenas noches.

Ana-María se acurrucó en mi brazo, temblando de miedo, y me rogó que me quedara con ella esa noche.

Hemos ido a su casa y hemos pasado la más maravillosa noche del mundo, abrazados y contándonos entre besos lo mucho que nos amamos. 

Yo me sentía ya más maduro y podía controlar bien mis emociones. Desde la ruptura con Ioana, he puesto pasión, pero no cariño a mis pequeñas aventuras tanto en las relaciones con nuestras chicas en Rumanía, como en las relaciones con las chicas, la mayoría deportistas, de los países donde he estado con el boxeo, siendo seleccionado varias veces en el equipo nacional juvenil de Rumania. Así, partiendo del dicho latino,” es modus in rebus”, seguí en la vida, con Ana María a mi lado.

A mi lado, es una manera de decir, porque, de hecho, rara vez nos encontramos solos, la mayoría de las veces en aquella época, en plena naturaleza, caminábamos por el bosque a las afueras de la ciudad, pisando las hojas pálidas de los altos álamos que nevaba incesantemente el viento, álamos que no hace mucho vestían ropas verdes. Ahora se están oxidando, en un final de otoño dulce y cálido, como suelen ser los otoños por el sur de Rumania. Cuando nos juntamos, ambos caminábamos durante horas y hablábamos sobre toda clase de temas. Me quedé asombrado de cuánto podíamos hablar, sin césar. Las barreras entre nosotros obviamente habían desaparecido. Ambos estábamos a la misma altura, de alguna manera puestos allí por el astuto Cupido.

Ana-María me estaba revelando otra cara. Realmente estaba muy enamorado de ella y esperaba con impaciencia el momento de conocerla en todas sus facetas. Era una mujer sencilla, pero era tímida. Cuando reía mostraba sus dientes pequeños. Su risa sonaba como un tintineo de campanillas, agradable al oído. También ella me dijo, como loana en el pasado, que yo podría convertirme en un gran actor. Dijo que tengo un humor nato y que ella nunca se ha reído en su vida más que a mi lado. Le gustaba la música pop y rock. Estaba loca por los Beatles. Cuando el invierno se nos vino encima, caminar por el bosque se volvió poco práctico y tuvimos que retirarnos a la guarida – mi casa – porque teníamos la oportunidad de hablar frente a la boca de la estufa. 

Así descubrí que tenía toda la discografía de The Beatles. Cada noche me ponía canciones nuevas de Beatles, las traducía a mi oído, aunque yo sabía bastante inglés y de vez en cuando paraba las cintas y me explicaba un poco los secretos de los miembros de su banda favorita. Me inoculó el amor por su música preferida y me dio la oportunidad de entrar en su mundo. Me enteré que los cuatro músicos se llamaban John Lenon, Paul McCartney, Georg Harrison y Ringo Star. El último en realidad se llamaba Richard Starkley, y obtuvo su apodo por llevar anillos en todos los dedos. Una hermosa historia sobre quienes revolucionaron el pop-rock en la séptima década del siglo XX.

– ¿Sabes, querido Leny – me dijo, tumbada en la cama junto a la boca de la estufa, a la pálida luz de una vela – lo difícil que les resultó aparecer en el firmamento de la música pop?  ¿Cuántas horas cantaron, en distintos escenarios de nada, en pequeños tugurios, para perfeccionarse? ¿Sabes tú, como al principio cantaban en la fórmula de cinco y sin Ringo Star?

De hecho, su historia comenzó con el encuentro entre John Lenon y Paul McCartney, John estaba cantando en una especie de banda de barrio, en la ciudad de Liverpool, en la que por supuesto era una estrella. Sólo tenía 17 años, Paul, un año mayor, era simplemente un ferviente admirador de John. Se conocieron después de un pequeño concierto ofrecido por la banda de Lenon, en el barrio. Paul puso sus manos sobre una guitarra fría y tocó algunos acordes. Era zurdo, algo raro entre los guitarristas. Lo cierto es que a Lenon le gustó y le propuso cantar juntos. Paul aceptó, y a partir de ahí se convirtieron en inseparables. George Harrison era el tercer miembro de la banda. Ya era amigo de McCartney y Lenon lo adoptó en el grupo después de una pequeña prueba. Además, Harrison se destacaría más tarde como uno de los mejores guitarristas de sólo del mundo. Los tres, junto con Peter Best, baterista y un tal Stewart, bajista, conformarán el primer núcleo de la banda, que luego se llamaría Beatles.”  En sus inicios, dado que entre las bandas de música  se usaban nombres largos, se fueron llamando Silver Beatles. El nombre de la banda proviene de una combinación de palabras: beat y escarabajo “que mezcladas dieron como resultado los Beatles”. Ha sido una idea de John Lenon. Los Beatles dieron el primer espectáculo en el local Caverna en Liverpool, propiedad del padre del baterista Peter Best. Si bien el padre de Best consideraba que la banda era un juego infantil, permitió que Peter tocará. Más tarde, surgió el tema de llevar una vida honorable para Peter y su padre lo retiró de la banda y lo mandó a hacer estudios. Cuando los Beatles encontraron la gloria y se convirtieron en estrellas mundiales de música pop, el Peter Best se colgó de una rama.

Ana-María y los Beatles entraron bajo mi piel de forma inconsciente.  Amaba a esta mujer y había empezado a sentirme un poco celoso de los Beatles. Siempre la quise a mi lado, pero eso no era posible por miedo a no ser descubiertos y menos mal que las noches de sábados, las pasábamos juntos.

Al principio, a la abuela le incomodaba la situación. Para mi abuela, yo todavía era muy chico y Ana-María toda una mujer, una loca que, en lugar de casarse con un hombre hecho y derecho, tuerce la mente de niños estúpidos. Pero después de conocerla mejor, se enamoró de ella. La consideraba su hija, y Ana-María, una niña amargada criada en un orfanato, la consideraba su madre. A veces, se sentaban a la mesa frente a una taza de café durante horas sin decir nada, ella leyendo y la abuela haciendo calcetas. La abuela, buena como el pan blanco, nos reunía en su regazo alguna noche y nos contaba historias de hace mucho tiempo, cuando ella era una niña en su pueblo. Ana-María y yo quedamos muy impresionados con la historia de la muerte de mi bisabuela, la madre de mi abuela. 

– Bueno, hijos míos, fue en el año 1916 cuando se llevaron a padre a la guerra. Yo no había nacido todavía. Dejó en casa a los niños chicos y a una mujer preñada, pero tuvo que ir a cumplir con su deber a la patria.

Un mes después mi madre me dio a luz y logró, con la ayuda de Dios, crecer a cinco niños y un corral lleno de gallinas, patos y pavos. La tierra que ella tenía, unas pocas fanegas, le   había dado para trabajarlas a un hermano suyo, tuerto, que no había ido a la guerra.

 Y luego, en otoño, se repartían justo la cosecha. Nos ayudaron a mí, y a mis hermanos a que nos hiciéramos  grandes sin que nos falte nada. Pero aún mayor, el niño todavía es un niño. No podría hacer lo que hace un hombre así que ella y nuestro tío hicieron una labor titánica durante la guerra. Y así hasta que terminó la guerra y el padre regresó a casa. Mi padre era un hombre imponente, trabajador y ahorrativo, y todas las mujeres del pueblo lo miraban con ojos de gata, pero madre siguió siendo, con todos los niños paridos, la mujer más bella del pueblo. Y nadie podía vencerla en las cortesías y amaba a padre con toda su alma. Cuando mi padre regresó de la guerra, ya no era el que se había ido. Del hombre fuerte que fue antes de su partida a la guerra, solo quedaba un hombrecillo carcomido de tisis y de dolor del pecho provocado por la metralla que llevaba metida en el cuerpo. Yo era por entonces un poco más alta que un cabrito y no prestaba atención a nada, pero mi madre se marchitó como las flores sin agua, por pena que le daba mi padre. Y un viernes por la noche, día de Reyes, mi padre se fue. Nuestro Señor Dios lo llamó. Entonces mi madre enfermó, de mal de corazón. Pudo aguantar casi un año, y por Navidad, ella también se fue con El Señor.  Mis hermanos estaban por el pueblo con los villancicos. Mandó una vecina a su marido a por ellos: “Vamos nenes que vuestra madre ha muerto”. La madre estaba recostada en un banco, con la vela encendida a la cabeza y yo jugueteaba con su pelo, diciendo que estaba durmiendo. Entonces fue cuando vinieron mis hermanos y empezaron a llorar, yo comencé a llorar con ellos, hasta que alguien vino y nos sacó de allí, para darnos algo de comer, y así nos quedamos solos en este mundo, sin madre, sin padre, sin apoyo.  La abuela lloraba con grandes lágrimas, que rodaban de sus mejillas quemadas por el sol. Y nosotros nos sentíamos pequeños e indefensos, como dos niños que al fin y al cabo éramos.

Pero otras veces, nos contaba cuentos con chistes de antaño. Luego se reía a mandíbula batida y se golpeaba la rodilla con la mano. Y nosotros nos reíamos, más de su risa, aunque las historias que contaba tenían cada una su propia miga. La abuela tenía el don de contar las historias de parte del mismísimo Dios, historias que con gusto habrías escuchado durante días seguidos, sin aburrirte. La abuela también conocía, más que nada, baladas sobre bandidos y campesinos, que cantaba con voz tierna, y te derretirán el corazón.

 Ana- María no se fue de vacaciones. No tenía adónde ir. Ella me tenía sólo a mí y yo sólo la tenía a ella. Hicimos las vacaciones de invierno juntos. Al principio queríamos ir a la montaña, con un viaje organizado por nuestro instituto. Pero cambiamos de opinión. Nos habríamos avergonzado. Así que me quedé con los Beatles y mi abuela, y ella, la pobre ya no podía ser más feliz.

Una vez fuimos a Bucarest a ver una obra de teatro. Se presentó en el “Teatro de Comedia “, éxito: “Hay nervios” de Marin Sorescu. Me gustó mucho una frase que recordaba: “En nuestro pueblo había una estatua que se la comieron los cerdos. La tiraron abajo por la noche y hasta la mañana siguiente se la comieron. Debería comprarme uno de estos”.  Las vacaciones terminaron rápidamente y tuvimos que seguir adelante, cada uno con su tarea. Ana-Maria había cumplido su palabra y había montado un círculo de arte dramático. Se recitaban poemas (en su mayoría creaciones propias). Se contaban chistes, sketches humorísticos (Sam Coliva trajo el sketch que había leído antes de la fiesta) e incluso nos pusimos a representar en el escenario una obra que se llamaba “Grado zero”, de Octavian Sava y Virgil Stoenescu.

Ana-Maria y yo desempeñamos los caracteres principales. Ella era Mariana Plesoianu y yo Misu Felecan. A ella le sentaba tremendamente bien actuar como alumna. Yo, al principio estaba molesto con la distribución de los papeles. No quería interpretar un personaje negativo. Habría preferido interpretar a Stefan Vardia, el personaje positivo de la obra con el que finalmente se casó Mariana Plesoianu. Pero, al profundizar en el texto, me di cuenta del papel extremadamente complejo de Mişu Felecan e hice lo mejor que pude para meterme en la piel del personaje y darle el color adecuado.

La obra estuvo increíblemente bien elegida. En primer lugar, tenía un poderoso mensaje revolucionario. En segundo lugar, los personajes eran principalmente estudiantes y podíamos encajar en la obra sin mucho esfuerzo, y, en tercer lugar, la acción de la obra se desarrollaba en un aula, ya no necesitaba quién sabe qué escenario, y podía hacer los ensayos sin problemas en un aula libre.

También nos ayudaron con la obra el director de la escuela, el Sr. Anghel, que interpretó el papel del profesor Plesoianu, el padre de Marina,el profesor de historia Stanciu en el papel del Señor Vucea, profesor de geografía Dudescu en el papel del profesor Butnaru;  y el administrador de la cantina en el papel del abuelo Griguta. El papel más cómico de la obra, Barbarosa, le fue asignado a Sam Coliva. Fue bastante difícil acomodarse bien a su desenvoltura de cómico por la cantidad de veces que estropeamos sus escenas por no poder contener la risa. Y como no todas sus frases eran de comedia, estábamos arruinando las escenas respectivas. Pero el hábito es una segunda naturaleza y después de algunas repeticiones, nos calmamos. Sin embargo, tenía una réplica en donde teníamos que reír. En un momento, Barbarosa llega tarde a la clase de geografía e intenta colarse en el aula, esperando pasar desapercibido por el maestro. El profesor lo ve de todos modos y le pregunta por qué llegó tarde. “Se me ha muerto el gallo” fue la respuesta de Barbarosa. la respuesta en sí fue divertida, pero Sam Coliva lo dijo de tal manera que me partí de risa, es más, en las primeras repeticiones ni siquiera el que interpretaba el Profesor podía parar de reír, y normalmente tenía que estar serio.

Logramos dar el estreno, fue un éxito total.

El estreno fue en el escenario del Club Juvenil del Pueblo, frente a un público de quinientos espectadores, alumnos y profesores de nuestra escuela, la fama de la actuación recorrió la ciudad, y a pedido, actuamos diez veces más para los estudiantes de los otros colegios de la ciudad, luego el ayuntamiento nos cedió la sala grande del Teatro del Pueblo y dimos unos espectáculos para el público de la ciudad. El propio alcalde, con todo su séquito, acudió al primer espectáculo de la serie. Después del espectáculo fuimos felicitados por los actores del Teatro Popular. Nos hemos hecho populares en la prensa local y en la emisora de radio de la ciudad. Y para completar el decorado, se organizó un espectáculo en el escenario del teatro Ion Creanga de Bucarest. Para ello, el teatro de Bucarest envió a un especialista al lugar para añadir un poco de sal y pimienta a nuestro juego de aficionados. Este especialista fue ni más ni menos que el actor Nicu Dionis, quien tuvo una brillante carrera, tanto como actor de teatro, en el Teatro Dramático de Constanta y luego en el Teatro Ion Creanga de Bucarest, además de actor de cine, en “Daci y Luchian”, películas de bandera del cine rumano. Desde el primer ensayo se vio la mirada especializada del gran actor, que hizo algunos cambios. Para el movimiento escénico, pero, por ejemplo, le pidió a Sam Coliva (un hecho que apenas notamos nosotros) que dejará de interpretar el papel como si fuera un gitano.

 – Tú – le dijo a Sam – imitas,  tomas prestado de los demás; no es correcto en este papel, imitar a Jean Constantin que es un buen actor de etnia gitana, pero que no vale para este rol en concreto.

Y así era, todos nos dimos cuenta de repente de que el Sam hablaba con acento gitano.

– No está bien – dijo Dionis. Barbarosa,o sea el personaje que interpretas,no es gitano, es rumano, es una estudiante trabajador y bien educado, que con los años se convertirá en un famoso astrólogo, pero es un gamberro al que le gusta las bromas, la risa y hace todo para ser visto. Tú fuiste bien elegido para el papel. Tienes muchos puntos en común con el personaje que interpretas. Por favor, sé más natural, más como eres todos los días y verás, que de esta manera. Vas a captar mucho mejor al público y vas a resaltar más el humor de ciertas líneas”.

Sí, Nicu Dionis tenía razón. El papel le salió mucho mejor a Sam al ser interpretado con naturalidad y sin acento gitano.

Llegó el día en que tuvimos que actuar en el escenario de un teatro real y además profesional.  Todos estábamos llenos de miedo. Yo, al menos, nunca había sentido algo así.  No digo que en nuestra ciudad no tuviéramos miedos antes de subir al escenario, pero ahora era más fuerte y me sentí un poco fuera de lugar. Después de vestirme en las cabinas, diez minutos antes del primer gong, tanto yo como los demás hacíamos camino trillado hasta el baño. Estaba orinando cada dos por tres. Mientras el Griguta declamaba el prólogo, todo mi cuerpo temblaba. Pero sólo hasta que se corrió el telón. Luego entré en el rol y no supe más de nada ni de nadie. Sólo sabía que era Misu Felecan y que formaba parte de los estudiantes de séptimo grado de una escuela secundaria de Bucarest, al final de la guerra. El resto ya no importa. El éxito fue como un hermoso sueño, en el que me había duplicado y desde algún lugar al fondo de la sala observaba cómo me felicitaba en el escenario Nicu Dionis y otros actores del teatro Creanga. Cómo Ana-María, olvidando que no estamos solos, me besa en la boca, cómo me codeo con el director de la escuela, pero también con los demás profesores. Ese día fue un gran éxito para todos los provincianos que tocamos a las puertas de la capital del país. En el teatro, entre los espectadores, estaban tía Matilda y mi tío Mihai. También vinieron a felicitarnos y me invitaron a pasar la noche con ellos, para desenredar algunos recuerdos, porque hacía mucho que no nos veíamos. Me negué cortésmente. No podía decepcionar, no podía separarme de ese todo unitario que ahora es nuestro equipo de teatro. Cuando regresamos a casa, se ofreció una comida en nuestro honor. La celebración tuvo lugar en la cafetería del instituto. Fue con champán (menos) y cerveza sin alcohol (más). Hubo baile, se cantaron coplas (algunas muy lloronas) y se habló mucho sobre los logros del equipo de teatro. Cada uno de nosotros tenía algo que decir, expresando nuestras opiniones sobre lo que fue y lo que nos gustaría ser en el futuro, y finalmente habló Nicu Dionis, nuestro invitado de honor: 

– Estoy sinceramente feliz por su éxito. Con ambición y mucho, mucho trabajo, pero sobre todo con talento, se están acercando mucho a eso que se llama profesionalidad. Disfruté mucho trabajar con ustedes y espero que me llamen para ayudarlos en otra ocasión, porque lo hago con mucho gusto y cariño, ustedes son un equipo unido y me gusta ver que se aman y se respetan como verdaderos profesionales. Luego le pedimos contar algo sobre los acontecimientos de su vida como artista. Dionis tampoco pensó demasiado. Su rostro se iluminó, señal de que había encontrado algo bonito que contar:

 – Estaba en mi primer año de actuación en el Teatro Dramático de Constanta. Estaba interpretando a Fígaro en la obra “El barbero de Sevilla”, de Beaumarchais. Mi sueldo de debutante no me permitía hacer juergas, ni a mí ni a mi colega Sandu Stroe, que era cinco años mayor que yo en la profesión y tenía un sueldo más grande que yo, pero que se gastaba la mitad de dinero en coleccionar sellos, que era su gran afición.

Sin embargo, ambos éramos admiradores de los vinos de cosecha de los viñedos rumanos, como viejos rumanos que éramos. Pero el vino era caro, especialmente el vino añejo cuyos años te cansas de contar. Tampoco éramos personas que se hartan con un vaso de vino sino que teníamos barrigas de currás donde podría entrar cantidades elevadas de este licor del Dios, pero había pocas ocasiones de emborracharnos, por escasa lana como dicen los mexicanos.

Un día, cuando estaba pensando que había estado sentado con fiebre durante aproximadamente un mes, y ahora me sentía mejor, tanto que ya tenía gana de una borrachera como Dios manda, veo venir a Sandu radiante hacia mí:

 – Escucha chaval, somos grandes, estamos invitados a una fiesta para la hija del cura del pueblo de Rovira. Está a unos diez kilómetros de aquí.

 Ella y su madre vieron la obra nuestra y les gustó mucho.  Dijo que debería venir toda la pandilla del teatro porque ellos tienen tanto vino que no saben qué hacer con él. Raro, ¿no?

– Si, digo yo. Es estupendo, nos vendrá bien a todos, supongo. Por mi parte, yo ya tenía sed antes de verte.

– Muy bien, dijo él frotándose las manos, me alegro de que estamos de acuerdo.

La fiesta caía el domingo siguiente, por las noches, después de nuestro espectáculo. Estaba de perlas porque el lunes era nuestro día de descanso, así que nadie podía tener miedo por pasarse un poquitín, o más, con la bebida. Incluido los más comilones podrían comer hasta hartarse sin miedo a contraer una indigestión. Dicho y hecho.  Salimos el domingo por la tarde, después del espectáculo, en un minibús alquilado por la mujer del cura, un minibús que debía llevarnos a casa al día siguiente.  Llegamos al pueblo en medio de la noche. Pero en el patio, bajo una morera, donde estaba puesta la mesa, había luz como el día. Habían puesto dos mil bombillas en el árbol, probablemente las habían prestado en el teatro. El cura vestía de paisano.

Enchipado con un traje verde oscuro en el que apuntalaba la barba blanca se adelantó a nosotros y, estrechándome la mano, nos invitó a la mesa. La sacerdotisa y la hija, sorprendidas en la casa por nuestra llegada, aparecieron en el desván, saludándonos y deseándonos la bienvenida.

Iban vestidas con ropas bastante caras, a juzgar por la tela, pero con un gusto cuestionable a la hora de combinarlas. Pero como no había venido a dar mi opinión en un desfile de moda, centré mis ojos en lo que había sobre la mesa. Por el momento sólo se colocaron la “tuica”, el agua ardiente rumana y los entremeses, pero después llegaron las bandeja de asados y también trajeron dulces: Baklava, un dulce árabe que se come mucho en Rumania, Cozonac, que es un bizcocho y tartas. En algún momento, viendo que no hago más que beber, me pidieron insistentemente probar el postre, pero me negué en broma.

– No es mi estilo comer dulces, ¡engordan!

Todo lo que he enumerado para usted, se sirvió caliente, menos el postre. Fuimos agasajados por estas personas, como sólo un rumano puede hacerlo. Quiero decir, más que unos hermanos. Por supuesto, este trabajo no lo podían hacer la sacerdotisa y su hija a solas, sobre todo porque ellas se habían vestido y preparado especialmente para afrontar la situación, o sea a hacer de anfitrionas y es cierto que, durante toda la noche, nos instaron a tomar y a comer, poniendo todo lo bueno delante de nosotros. Pero todo el trabajo doméstico, por así decirlo, lo hacían tres mujeres limpiamente vestidas, con trajes populares de la región de Dobrogea. De vez en cuando (dos seguidas, una siempre en la cocina) estaban de pie junto a la mesa y boquiabiertos ante lo que decíamos, golpeándose, de vez en cuando con los codos, mientras cubrían sus sonrisas con la mano.

Era una noche espléndida a finales de mayo. Cálida y clara. El viento no soplaba en absoluto. Yo me sentí maravilloso. Estaba sonriendo a todos, a la sacerdotisa y a María (así se llamaba su hija) y también a las tres mujeres que servían mesa. La María se conmovió, creo, por mi sonrisa, porque me prestó una atención singular toda la noche. En un momento, pensé que ella había sido delegada de la familia especialmente para tratar conmigo.

Volviendo a la comilona: todo era bueno, sobre todo “tuica”, el aguardiente. Tenía el cura un aguardiente que te cortaba el aliento. Creo que tenía una graduación de más de sesenta grados. Tenías que llenarse el buche si o si de otra manera este licor te mandaba a dormir la mona. Y, por esto, cuando vino la carne asada   estaba casi lleno. Y, para hacer espacio, tuve que beber un poco de vino. 

– Este es un vino añejo – dijo el cura – y yo guardaba un barril para la boda de la niña. Pero porque están ustedes aquí…  Bueno, de cualquier manera, ustedes no podrán acabar este barril porque es un barril de los grandes de unos 200 litros.

Estaba claro que no me conocía, a Sandu tampoco, y para decir la verdad tampoco al resto del equipo, que ninguno de ellos era algún Santo. En cualquier caso, con unos cuantos vasos de vino arreglé meterme entre pecho y la espalda un montón de carne asada y ya pude pasar al conejo. El conejo gordo, cómo tiene que ser en casa del cura, se derretía en la boca. Y tras él, el vino fluía más. Cuando llegaron con el pavo, Misu Brebu y Matei Olaru, ya borrachos, comenzaron a cantar a dúo arias de opereta. Cantaron una, cantaron dos, y cuando ya habían empezado la tercera, veo al Padre, que se pone de pie, y se une a los dos. No, nunca había visto una cosa igual  ¡Que  un párroco cante  una opereta! Fue algo aterrador. Los tres cantaron “Las bodas de Fígaro” tomados del brazo, con los ojos fuera de las órbitas y grandes como cebollas, balanceándose por las piernas cuya fuerza de apoyo estaba visiblemente disminuida por el alcohol. Después de terminar de cantar, fingieron beber bruderschaft y se mancharon la ropa de vino. El cura fue a quitarse la ropa de paisano manchada y regresó con la ropa del ministerio. Probablemente fue que cayó primero en sus manos.

La insistencia de María, la chica del cura, había empezado a molestarme un poco. Mientras tuviera la mente clara, no me preocupaba. Pero ahora el vino también se había apoderado de mí y tenía miedo de no hacer algo inapropiado. María se metía más de lo debido conmigo. Había traído su silla muy cerca de mí, tanto que se estaba subiendo sobre mí.

Entonces fui a charlar con Sandu. Cuando me senté a su lado me dijo en voz baja:

– Quédate aquí unos minutos, tal vez eso la calme y puedas volver a tu silla.

– Está bien, le dije, que así sea. Serví vino en su copa y a la mía y encendí un cigarrillo. A mi derecha, al otro lado de la mesa, estaba sentado el sacerdote. Estaba muy bebido. Al lado del sacerdote, la sacerdotisa sonreía cómplice hacia su hija.

De repente, ambas se levantaron de la mesa y se dirigieron hacia la casa. El sacerdote, que notó su movimiento, me dio una patada por debajo de la mesa:

– “¡Muchacho, eres un hombre educado! ¡No te casas con María, es mala, mala como su madre”!

-¿Pero qué estás diciendo Padre?

– ¡No te cases con María, porque es malísima!  Se comerá tus ganas de vivir por el resto de tu vida, tal como está escoria de sacerdotisa se comió mi vida entera.

 -Pero padre, ni siquiera se trataba de eso…

No pude seguir más, porque Sandu me dio un codazo en las costillas, me dejó sin aliento y continuó en mi lugar:

– Déjalo, padre, lo dices como si fuera un diablo, pero joder, no puede ser tan negro, solo que está usted un poco melancólico por la bebida.  Esta nuestra bebida nacional, la “tuica”, es la que produce estos males pesares, pero se le pasara. Ahora el niño – y se refirió a mi – también vino así para que se vean, se conozcan y finalmente, si le convendrá a él y por supuesto a ella ya harán lo que es debido hacer …  Viviremos y veremos. ¡Hasta entonces, mucha suerte y salud! 

Brindo con el cura, bebió del vaso y luego me indicó que fuera con él. Cuando llegamos a oscuras, él dijo primero:

– Nicu, mira cómo pasó. La chica te vio hace como un mes en una de tus representaciones teatrales y cayó prendada de ti. Es una especie de pariente del Gigel, el gordo que vende periódicos en la esquina de nuestro teatro.

Maria, le confesó a Gigel que está loca por ti. Entonces el gordo me preguntó, qué hay de ti, que eres nuevo y no te conoce. Le pregunté por qué quería saberlo y me habló de la niña.  Para deshacerme de él, le dije que eres muy pobre para casarte. Deberías quedarte soltero hasta cuándo crearás una situación para ti y después de eso… Él, valientemente fue a decírselo a la chica. Y cuando volvió, volvió con el padre con todo, para oír de su boca la propuesta de ellos, que es mejor que tú seas pobre, porque ellos tienen dinero de sobra, y os podéis casar pronto si tú quieres. Y nos invitó a ti y a mí a su casa para una fiesta en honor de los novios y que los demás contrincantes del equipo de teatro viniesen para que nosotros no nos pusiéramos incómodos. Hemos quedado hablar contigo y luego hacérselo saber a la chica a través de Gigel. Esto ocurrió el mismo día que tú estabas en Bucarest. Como era lunes, día libre, fui con los chicos a tomar una cerveza.  Les conté cómo iba el asunto de la chica del cura, que le dije al gordo que le pusiera al tanto a la chica de que vendremos el domingo siguiente, para que no dejar escapar el chollo.  Después decidimos no contarle nada por miedo a que te vas a negar y estropear nuestro acuerdo. Y la verdad, no se trataba de nada serio, solo de encontraros, de intercambiar unas palabras, simplemente de conoceros. Y como la chica no es realmente hermosa, pensé que quería impresionarte con la fortuna. Si caes bien, si no, no. Si hubiera sabido que es tan inteligente como hermosa y que haría correr la voz por todo el pueblo de que se casará contigo, como veo que lo hizo, no habría venido, créeme. Yo soy el culpable.

– Vete al carajo, eso fue todo lo que le dije y lo dejé. 

Ahora que lo sabía, sentí ganas de encogerme y desaparecer de tanta vergüenza.

Estaba pensando en cómo podré volver a sentarme a la mesa al lado del cura de la sacerdotisa y su hija. Maldito Sandu, quería estrangularlo y, en última instancia, a todos ellos, porque todos me habían metido en este lío. Por suerte, ya había empezado a amanecer y el minibús había venido a recogernos. Les deseamos mucha suerte a los anfitriones, nos besamos de despedida, nos subimos al minibús y nos fuimos.

No le hablé al amigo Sandu durante unas dos semanas. Después nos reconciliamos con un vino tinto en el patio del amigo Lonescu.

Después de un año, Gigel nos dijo que Maria se había casado. Encontró a un médico. Con su fortuna tenía que enredar a alguien, como una araña en su tela, o más bien como su madre enredó al cura.

Nicu Dionis se detuvo aquí y saltó una copa a la salud de todos nosotros. Dionis era, sin duda, un hombre agradable, gentil y delicado. Nos conquistó a todos con su alma grande.

FIN CAPÍTULO  II

CAPÍTULO III

El año escolar ha pasado muy rápido. Ahora me encontraba ante las vacaciones de verano. Junto con Ana-María decidimos, de común acuerdo, pasar dos semanas en la playa y otras dos en la montaña. Como no nos importaba hacia dónde íbamos la primera vez, tiramos una moneda a la suerte y la montaña cayó como primera etapa. Alquilé por un mes, en una tienda de artículos deportivos, una carpa, dos colchones inflables, y dos mochilas.  Una de las mochilas la llené con latas de pescado, ternera, cerdo, tarros de mermelada, galletas, pan rallado, paquetes de té y café, vasos y platos, cuchillos, cucharas y tenedores.

En la otra mochila metemos nuestras mantas, colchones y mudas. Salimos en una mañana soleada. El sol reía en nuestros ojos y nuestros pasos eran fáciles. La idea de pasar dos semanas solos, en el seno de la naturaleza, nos dio alas. Elegimos la sierra de Bucegi del arco de los Cárpatos como ruta. Era el deseo de Ana-María. En la universidad se había apuntado a un viaje organizado a la sierra de Bucegi, pero dos días antes del viaje cayó enferma. Ya no había podido irse. Lo sintió mucho. Sus compañeros le dijeron que fue maravilloso. Ahora tenía la oportunidad de recorrer el camino recorrido por sus compañeros y no quería desaprovechar esta oportunidad. No tenía motivos para resistirme, así que aquí estamos en Busteni, al comienzo del camino. Los caminos de montaña nos estaban esperando. Iniciamos la subida, hacia la cabaña Caraiman sin prisa, teniendo todo el tiempo por delante.

Después de unas 4 horas de caminata, nos detuvimos en un claro y montamos nuestra tienda de campaña. Comí con un apetito loco. El aire de la montaña nos había hecho un gran agujero en el estómago. Luego colocamos nuestras mantas sobre la suave hierba y nos tumbamos desnudos para broncearnos. Por la noche, recogí ramas caídas y preparé café a un fuego de leña, sentado al estilo turco, embriagado por el aire fuerte y la felicidad. Ana-María estaba guapísima así, vestida con ropa de hippy, con vaqueros y una camiseta verde con estampado azul. Se parecía arrancada de la misma naturaleza, el hada del bosque y la reina de las montañas. No podía creer que su corazón latía por mí, que yo era el elegido, que Dios, o no sé quién, ¡me había hecho feliz con ella! Me había temido despertar y que el sueño se hiciera añicos. Hubiera querido entrar en ella, en su alma y quedarme allí para siempre. Para llevarme a todas partes a través de las montañas, en las colinas, sobre las aguas, muy lejos, en el reino de las flores de mayo. ¡Mi amor!

Pasamos dieciséis días inolvidables, solos en la cima de las montañas, solo con los abetos, las aguas y el cielo azul claro, con montañas por cuyos senderos caminamos cogidos de la mano. Gente no habíamos encontrado a menudo, porque también en la cabaña Caraiman no había mucha gente. Sólo un pelín más arriba de Caraiman encontramos dos pastores en un establo, donde paramos por una noche. Vimos frente a frente a dos montañeses altos y fuertes, que tenían como socios a dos enormes perros mastines, como en los viejos cuentos, guardianes de los rebaños de ovejas  de la gente.

De regreso elegimos pasar por Piatra Craiului y luego por la carretera hacia el pico de Omu, desde donde descendimos hasta Predeal, caminando lentamente, por una pequeña carretera muy estrecha, vigilada a un lado por la montaña y al otro por el abismo. Temblé terriblemente de miedo y me juré que nunca más en mi vida volvería a poner un pie allí. El abismo bostezaba ante nosotros, listo para que nos tragara al menor paso en falso. Cuando llegamos al otro lado de las travesías, también me tiritaban las canillas. Ana-María se rió de mí: “¡vaya deportista!”  Sólo cuando llegué a Predeal mi miedo se pasó. 

Cuando el tren empezó a moverse, el arrepentimiento se apoderó de mi alma.  Había vivido unos días, que se habían extendido indefinidamente. La montaña ahora se me apareció de otra forma, la tierra de las mil maravillas y nosotros nos encaminamos hacia el otro lado del país, hacia el mar dejando atrás lo más incontable periodo de mi vida.

No hicimos ninguna escala. Fuimos en tren hasta el final de la línea, en Mangalia, el segundo puerto marítimo. Nos alojamos en el camping del resort, que formaba parte del grupo de resorts del sur de la costa. El Camping estaba en el extremo occidental del complejo, ubicado en una zona boscosa y cuando llegamos, estaba a tope de gente.  Apenas encontré un rincón para la tienda. Rápidamente montamos la carpa y cruzamos corriendo el camino, que nos separaba del mar donde había una playa de arena gruesa, mezclada con conchas, y solo nos detuvimos en el agua. Nos chapoteamos ruidosamente, más que los niños, y luego nos dejamos caer tan mojados como estábamos, en la arena. A nuestro alrededor, pares de ojos nos observaban con curiosidad. Hice un agujero en la arena, entré y Ana-María me tapó con arena burlándose. ¡Fue muy agradable! La arena calentó mis miembros enfriados por el agua del mar. Tenía que mantener los ojos cerrados para que el sol no me hiera. Ana-María me llenó el pelo de arena, acariciándolo suave. Tuvimos que volver a entrar al agua para lavarnos. Nos secamos de pie, con las manos extendidas al sol y regresamos a la tienda para cambiarnos y visitar el resort. No había necesidad de pasar más tiempo en la plaza para broncearnos porque estábamos bronceados del sol de la montaña, que nos había tostado bastante por todo el cuerpo por mucho nudismo que habíamos hecho. 

De todos modos, eran las cuatro de la tarde. Las tiendas y el bazar estaban a punto de abrir porque al mediodía cerraban por calor y desde el primer día queríamos saber qué se podía saber de este lugar, y después en los días siguientes a   ver los demás centros turísticos también. Así que caímos desde la soledad de las montañas, directamente en medio de la Babilonia moderna. Fue en el bazar de Saturno, un mundo de todas las nacionalidades y todas las edades. Los vendedores ambulantes exponían sus productos en sus puestos, delante de los clientes. Aquí podías encontrar todo lo que no se te ocurría encontrar. Ana-María compró una cesta de junco con una correa de piel para el hombro, muy interesante, yo me compré un llavero y un par de gafas de sol para ambos. Cuando me los puse para comprobar su tamaño, ella me dijo que me parecía a Paul Newman.  Inmediatamente me hinché el pecho como un pavo. Nos apañamos un poco más, chocando con la gente tras lo cual salimos del mercado. Hemos visitado todos los comercios, para ver cómo estaba la oferta y después de aburrirnos, nos fuimos a una terraza a tomar una cerveza, a refrescarnos. Hacía mucho calor ese día.

En una radio portátil de un ciudadano sentado en la mesa de al lado, el instituto meteorológico anunció las temperaturas a las seis de la tarde. Miré el reloj. Eran las dieciocho y cinco minutos y  la temperatura en la estación meteorológica de Bucarest – Filaret era de treinta y cinco grados, en Bucarest – Băneasa de treinta y seis grados y en la costa de treinta y ocho. Me preguntaba cuáles habrían sido las temperaturas durante el almuerzo.  Por encima de los 40 grados, en cualquier caso. Estaba bebiendo cerveza fría y admiraba el litoral. Me sentía de puta madre y quería gritar mi felicidad a los cuatro vientos. Una ráfaga de viento había comenzado a soplar y una nube se hubiera formado sobre nosotros en el cielo. ¿Iba a llover? No llovió, ¡hubiera sido lindo!

A las nueve de la noche estábamos en la discoteca Balada, situada en lo alto del hotel Balada, en el piso 14. Desde la terraza se podían ver los barcos estacionados en la plaza del puerto. Pensé que subiría allí una vez durante el día para poder ver el mar hasta el horizonte. Estaba sentado detrás de Ana-María, abrazándola y tarareando junto a ella “Girls” de los Beatles. A lo lejos se oía la sirena de un barco. Las luciérnagas brillaban aquí y allá en la noche y yo anhelaba tanto a mi querida, que mi corazón se me estrecho en el pecho, aunque ella estaba en mis brazos. Nunca pude explicarme este sentimiento. Comencé a besar su cuello, detrás de su oreja, hasta que ella se escurre de mis brazos y susurra con ternura: “¡Compórtate, pequeño!”

Había humo en la discoteca que se podía cortar con un cuchillo. Música a altos decibeles. Sólo podías comunicarte por señas. De bailar no se podía bailar. Quiero decir, no se podía bailar sin pegar al resto del mundo, sin querer. Aun así, fue divertido.

El baile te relajaba los nervios, con su frenesí, con su exuberancia. Valió la pena tomar una foto de la gente bailando, contorsionándose al ritmo de la música. Me acordé del baile de graduación del año pasado. ¡Qué lejos sentí ese maravilloso día ahora! Me pareció que había pasado un siglo. Cuántos milagros no han sucedido desde entonces: había entrado en mi vida Ana-María, a quien creía conocer desde el principio del mundo, me había convertido en actor (aficionado, claro) había estado en la montaña yendo por caminos de ensueño, y ahora, en plena temporada de verano, estaba en el mar, tumbado en un sofá, en una discoteca-bar, con una copa de Campari y una Pepsi delante y mi novia a mi lado. Sonreía para mis adentros, como ante una buena broma, y pensaba en las maravillas que la vida me depararía a continuación. Yo era joven y libre. Amaba a una mujer que compartía todo conmigo. Tenía ante mí la probabilidad de un futuro brillante. ¡Estaba feliz! para decir la verdad. 

Al día siguiente salimos a la playa, pero no nos quedamos mucho tiempo porque Ane-María tuvo una idea:

– ¿Qué tal si vamos a la playa, a Neptun? Escuché que tienen un solar de nudistas muy bonito. ¡También hay un pequeño negocio en “B” que se hace allí! me guiñó un ojo. Vienen unas polacas con mercancía de su país que nosotros no importamos. Echemos un vistazo, tal vez encontremos algunos jabones “Rexona” o “Fa”. Quizás también encontremos jabón “Palmolive”. Ah,¡ me muero por el jabón Palmolive!

– ¿Has leído Papillon? le digo.

– Sí, pero más que eso, no recuerdo todos los detalles. ¡Que haya interesante!

– Hay una declaración hecha por un presidiario.

– ¿Cuál?

– “¿Te lavas con Palmolive? Ése es un jabón de puta.”

– ¡Burro! soltó la palabra sonriendo.

– Lo mejor es que a mí también me gusta este jabón, le digo.

– Verás, entonces eres dos veces “burro”, para no decir otra cosa.

Tomamos un autobús y en quince minutos estábamos en Neptun. Cruzamos el pueblo de vacaciones, por al lado de un pequeño lago y llegamos al solar de los naturistas. Era la primera vez que veía una granja solar de estos. No me impresionó. Era un pedazo de tierra arenosa, rodeada de paneles de hojalata de colores chillones, sostenidos por postes de metal. Muchos mirones, estaban fuera del recinto, cubiertos con sus bañadores, mirando por las rejas dentro del recinto donde la gente estaba, como no, en cueros. Eran hombres y mujeres que más que tomar el sol estaban allí para el mercadillo semi-legal. Una vez dentro veo un tío que peinaba con cuidado su pelo púbico en medio de varias mujeres desnudas, me reí hacia adentro y me obligué a mí mismo a mirar solamente la mercancía del mercadillo.

En un rincón, varias mujeres estaban reunidas alrededor de una que vendía productos sacados de una bolsa “Aviasan”. Vi un cartón de tabaco marca “Kent” y dos jabones. Los compró una señora que probablemente tenía 60 años, pero parecía cinco minutos más joven.  Ana-María se quedó en el mercadillo para curiosear y yo me dirigí a un chiringuito situado en la playa, deseoso de tomar una caña fresca. Cogí el vaso de cerveza y me senté en una mesa. En otra mesa contigua, dos familias jóvenes jugaban un juego de cartas. En un momento, uno de los chicos, uno con bigote, puso las cartas boca arriba y gritó:

– ¡Os he machacado! Bueno ¿qué tenéis que decir? ¿Soy valioso, soy fuerte? 

– Eres más fuerte que una bufanda, viene la respuesta de una de las chicas. Me atraganté con la cerveza. ¿Dónde encontraste esta expresión? Conocía uno con el hueso de medusa, pero este con la bufanda era algo nuevo. Inmediatamente pensé en llevárselo a Sam Coliva, como recuerdo de la playa.

Una vez fuimos a la casa de Sam y Misu y él nos invitó a comer. “Después de la comida, les voy a mostrar una sorpresa” nos dice. Nosotros, como niños, inmediatamente nos tensamos, estábamos comiendo y hablando de la sorpresa. Él, con mucho tacto, se llevó la mano al bolsillo del pecho de su camisa, y sacó un palillo: “toma sorpresa” y se lo metió en la boca. A Misu y a mí, nos gustó mucho la broma. Pero “soy más fuerte que la bufanda” ¡le iba a marcar tres goles seguidos como en el rugby! Cuando le dije a Ana-María el chiste, me convencí de que era de dieciocho quilates.

Había encontrado jabón Palmolive y Rexona. Ella estaba contenta. Si ella estaba contenta ¡yo también!

Luego, salimos para visitar el resorte. Empezamos con el malecón, el tan elogiado de “Radio Holiday”, pero tuvimos mala suerte. Nos topamos con el profesor Tricolici, que pareció muy sorprendido al ver a Ana-María.

– Buenas tarde Ana-María ¡qué sorpresa encontrarte! ¿Terminaste tu trabajo en Bucarest?

– ¿Qué trabajo?

– Bueno, ¿cómo no lo sabes? Hace diez días llegó una carta del Ministerio de Asuntos Exteriores. Parece que te eligieron traductor en la Embajada de Rumania, en Londres.

Ana-María se quedó perpleja.

– ¡Gracias! le dijo a Tricolici y, tomando mi mano, nos fuimos sin apenas saludar. No sabía qué creer. Me sentí mal de repente. Para ella fue un gran honor el nombramiento.

Ana-María se había graduado con Magna cum Laude. Podría haberse quedado en Bucarest, como asistente en el departamento de inglés, pero el destino la había llevado a mí. Y ahora el mismo destino venía a separarla de mi lado.

¿Era correcto? Ella no podía rechazar el trabajo. El estado rumano había confiado en ella, y aunque en un momento de locura se enamoró de mí (el amor es capaz de todo) el deber estaba para ser cumplido. Tenía que aceptar el puesto si o si. Me alegré por ella, porque iba a encontrarse con los Beatles en su casa. Lloré por mí mismo, porque no sabía cómo encajar este nuevo shock. Yo estaba débil, para recibir otro golpe del destino. Lo que había que hacer en ese momento no era ser mezquino y pensar sólo en mí mismo. Tenía que pensar en ella y tal vez por qué no, en nuestro futuro juntos. Y ella sentía y pensaba lo mismo.

– Cariño, tengo que aceptar. Aparte de un deber es un desafío también. Pero iré contigo en mi corazón. Tienes un año más de escuela. Yo te esperaré y después nos casaremos.  Debemos resistir. Y, tal vez, sea incluso mejor así. El tiempo revelará la durabilidad de nuestros sentimientos. Lloró suavemente sobre mi hombro, empapándome de lágrimas calientes.

FIN CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

Ella vino del Ministerio, feliz. Tendría que incorporarse al equipo en Londres solamente desde el 1 de septiembre. Había un mes más para estar conmigo. Su contrato laboral era por cuatro años. Ella ya había elaborado su plan de batalla.

– Nos casaremos el año que viene y te apoyaré en entrar a una buena universidad inglesa. ¡Estoy tan orgullosa de esto! Vivirás conmigo, en Inglaterra. ¿No está bien? Lo haremos, caminaremos juntos siguiendo los pasos de los Beatles. Mira, te prometo que no daré un solo paso sin ti para ver el Liverpool. ¿Qué me dices? Yo decía lo mismo que ella. ¡Buena y hermosa hada!

Ni siquiera sé cuándo ha pasado un mes. Un día me desperté y tenía que llevarla al aeropuerto. Se despidió de la abuela con lágrimas en los ojos. La abuela nos observó hasta que salimos del objetivo. Se llevaba una mano a la boca y las lágrimas corrían, como cuando murieron mis padres. ¡Pobre abuela, qué gran alma tenía! Me quedé inmóvil en el aeropuerto Otopeni, con los ojos vacíos, mirando hacia el lugar donde había desaparecido el avión con mi novia a bordo. Podía sentir el sabor de sus labios y su discreto perfume. Sus palabras de despedida se habían detenido en mis oídos: “¡Te amo, pequeño!. Piensa en mí.  Nos comunicaremos diariamente vía telepatía.”

            Regresé a casa flojo, sin pizca de energía. Sentí la necesidad de decírselo a alguien, de desahogarme, de contar toda mi amargura, de lo contrario elocuencia. Tuve que salir al mundo, continuar mi vida, mis actividades diarias. No debería sufrir porque no había motivación alguna. La realidad era de color de rosa, por así decirlo. Yo la amaba, ella me amaba, íbamos a casarnos, formar un hogar, tener hijos hermosos y buenos como ella, envejecer juntos. Normalmente, no tenía derecho a sentirme abandonado. Y por eso, fui a Sam Coliva. Tan pronto como entré por la puerta, me animé. Era el hombre más adecuado. Tenía una cura para todos los males y no era el Mezcal. ¡Tenía tanto talento para resucitar a los muertos con sus chistes! Fui hacia él y le dije unas palabras, toda mi relación con Ana-María.

– Oye, si no te había conocido, ¡diría que eres el mayor mentiroso! Pero así, tengo que creerte. ¡Hombre, eres un cerdo con suerte! Me di cuenta de que no has estado por la ciudad últimamente. No has aparecido ni para tomar una cerveza, ni para un juego de mesa, ni para el fútbol, pero pensé que habías empezado a ponerte en forma de cara al Campeonato Mundial de Boxeo. Mira, ahora tengo que modificar todo el pensamiento de gran deportista relativo a ti y moverte a otra sección, ¡a la de los conquistadores sexuales!  ¡A los chicos capaces! Te pondré al frente de la columna, a mi lado. ¿Y cómo dices que la chica te dijo que te comunicaras telepáticamente? Por cierto, ¿conoces el chiste de la telepatía? ¿No?  Déjame decírtelo. En Bucarest se celebró un Congreso Mundial sobre telepatía. Vinieron de todas partes del mundo. Entre ellos, había un delegado al Congreso, un tío de un país cercano. Cuando regresó a su casa, después del Congreso que duró dos días, la gente de su pueblo le preguntó ¿con qué se podría comer eso de la telepatía? 

– Bueno, buena gente, el asunto queda de la siguiente manera, dijo el tío. Después de la Conferencia comimos en un restaurante. A mí me tocó sentarme a una mesa de dos con una francesa. Yo no hablo francés, ella tampoco nuestro idioma. Entonces ella, para que yo entendiera, sacó de su bolsita un notebook y dibujó una botella. Lo entiendo. Pido vino. Ella dibuja un plato. Lo entiendo. Toma la comida. Después de comer, dibujó una cama. Bueno, díganme ustedes cómo supo ella que yo era carpintero, si no por telepatía, ¿que yo no le había contado nada sobre mi profesión? 

Sabía por qué había ido a verlo. Ya, con un simple chiste ha logrado quitarme parte de la pena. Le di las gracias amablemente y él hizo una mueca de disgusto:

 – Vamos, deja de hacer esto, viejo, que soy yo, tu amigo,  ¡no me das las gracias! ¡Lo hago siempre con gusto!

Se quedó en silencio un rato, luego me preguntó sorprendido:

– Bueno, ¿de verdad hablas en serio con lo de llevarte bien con la profesora de inglés?

Era como si no lo pudiera creer, aunque estaba convencido de que yo decía la verdad.

– Escucha tú ¿por qué no compras lotería? Te lo digo porque tienes suerte, como se puede ver. Estoy seguro de que vas a ganar. Oye, ¿qué comías cuando eras pequeño?

–  ¡Vete a la porra! Si gano, qué ¿qué hago con el dinero? Le digo sin pensar.

– Dios mío ¡cómo les das suerte a todos los tontos! Mírame, no me molesta a pesar de que juego todos los sistemas de lotería, aunque no gano casi nunca. Yo sabría qué hacer con el dinero. Lo primero haría…vamos quita, quita, no te diré qué haría con ellos, porque me vas a robar la patente. 

– Métete en tus propios asuntos, le dije. Yo no creo en la suerte ciega. La suerte es como se lo hace el hombre.

– Pues entonces hazlo tú mismo, me soltó él. Apuesta al fútbol. El domingo es el “Calcio” en Italia. Pon un boleto con los resultados que piensas tu y ven conmigo, lo haremos juntos

– Está bien, eso voy a hacer.

Ese día, seguí con mis asuntos, pero al día siguiente pasé por una oficina de Loterías y Apuestas y compré un boleto para completar los resultados. Sam se alegró cuando me vio, pero me mandó a freír espárragos cuando pasé a las predicciones. La Roma jugaba en casa con el Ascoli. La Roma era campeona absoluta y se había instalado en el primer puesto en este debut en el campeonato, y Ascoli, la contrincante era recién ascendida de la segunda división. Normalmente, la previsión era 1 solista, lo que significaba que Roma ganaría los 3 puntos. Yo, para molestar a Sam, puse un 2 que daba la victoria a Ascoli en el campo de Roma. Y luego puse los resultados al revés para otros tres partidos. Sam se enojó y me dijo que,  ¡si quería burlarme de él, debía buscar otro día! Ahora tenía trabajo. Me fui, pero le dejé tres leí, para que pusiera en la taquilla una versión sencilla. Se quitó un zapato y lo lanzó a por mí.

El lunes por la mañana, cuando se mostraron los resultados, se acercó a mi:

– ¿Sabes los resultados? dijo.

– No, yo no, conteste.

– Me lo esperaba. ¡No tienes idea en qué mundo vives! ¡Dios mío! ¡Ganaste! ¡Trece resultados de trece! La Roma perdió en casa ante el Ascoli. ¡Sólo un imbécil como tú podría pensar eso!  ¡Y tuviste suerte dos veces! No quería poner tu boleto porque pensé que de todos modos no tendrías ninguna posibilidad de ganar. Pero luego, pensé que no debería tomármelo como algo malo y enojarme. No estaba pensando que vas a ganar en ningún caso. Y mira, eso de todos modos… ¡Vete al infierno, eres demasiado afortunado! Me puso en mano el boleto ganador y se fue. El premio no era en metálico sino en un auto marca Dacia 1300 nuevo. No sabía qué hacer con él. Entusiasta, lo que se dice entusiasta, no era.  Nunca me había fascinado el enriquecimiento gratuito. Llamé a Ana-María a Inglaterra, para decirle que la Diosa Fortuna me tenía en su gracia. Ella se rió y me dijo que esto es un buen augurio, que ya no hace falta alquilar el coche que nos llevará después de la boda.

FIN CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

Cuando me avisaron, fui a Bucarest a buscar mi coche. Le pedí a un vecino que tenía carné de chofer que me acompañara, porque yo no lo tenía. En la sede de la lotería, lo dejé charlar con el portero enfrente del edificio y entre a formalizar la entrega del premio. En la misma serie que yo, otro individuo había ganado un coche. Después de firmar los documentos, corrí hacia la salida, pero el individuo se paró y me preguntó:

– ¿Este es tu primer auto? 

– Sí, digo. Es la primera vez que juego y el destino me ha favorecido.

– ¡Pero eso es muy bueno! Yo casi siempre gano algún premio. Pero tengo experiencia. Tengo una fórmula matemática que hace maravillas. Creo que soy el único en el país con esta fórmula. Es cierto que invierto mucho dinero, pero merece la pena, según ésta fórmula, juego cientos de boletos cada semana. No solo, porque yo tampoco podía. Tengo una secretaria. La estoy pagando tres mil de lei al mes, pero como te dije, vale la pena.  Después de cinco o seis semanas, me toca algo. Treinta mil leí alguna vez, cuarenta mil otras veces y de vez en cuando un coche. Conozco a esta gente en la sede central de la Lotería como a mis propios hermanos. Y hay más personas con suerte que ganan frecuentemente la lotería. Somos seis personas en total. Nosotros ganamos todo el tiempo. Veo que esta vez soy el único feliz. Es la primera vez que me pasa. Normalmente ganamos tres o cuatro en el mismo día y cada vez que cobramos los premios, hacemos una partida de póquer o jugamos a los dados. Prácticamente una costumbre que se remonta a la época de los romanos. Ahora, si te uniste a nuestra pandilla, de los ganadores, vamos a por el jugo. ¿A qué jugamos, al póquer o a dardos?

Era un chico divertido. Alguien más en mi lugar lo habría recesado inmediatamente. Pero yo acepté. Esta ganancia no esperada, no me sonaba nada bien. Pensé en mis padres, en el accidente automovilístico. Tuve la oportunidad de deshacerme de esta ganancia y no quería dejar escapar.

– Tire los dados, querido señor, le digo de repente. Quien tiene el número mayor, se queda el coche del otro. 

Se miró las manos y luego me miró la cara como si no pudiera creerlo. 

– ¿Cómo, así de repente?

– ¡Sí, si te conviene, si no, no!

– Está bien, tirar los dados.

Se sacó un par de dados del bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta. Meneo los dados en su mano derecha y los tiró sobre las baldosas del suelo. Seis-cinco. Su cara era toda felicidad. Estaba disfrutando de su alegría. Ni siquiera miré los dados cuando los tiré. Lo estaba mirando. De repente su cara se puso negra y dijo:

– ¡No puede ser!

Miré los dados. Eran seis-seis. Me reí mucho.

– Amigo, le digo, ¡esta vez te quedaste tieso!

– La he cagado. Se rio, pero esta risa no era la suya. El sudor le estaba corriendo por la cara.

– Espero que esto te sirva de lección, le suelto. La próxima vez, no juegues más. Ahora estás de suerte, no me llevaré tu auto. Pero en el futuro, ten más cuidado.

Me fui, dejándole con la boca abierta. No creo que se recupere muy fácilmente.

Le pedí a mi vecino llevar el coche a un mercado de segunda mano para venderlo.

Allí se lo vendí a alguien más pobre, que quería comprarse un coche de segunda mano. Cuando le instó a comprar mi coche, dijo con voz de hombre preocupado, que sólo tenía sesenta y cinco mil lei, cantidad con la que sólo podía comprar un Dacia usado, de ninguna manera uno nuevo como era el mío.

Se lo vendí por sesenta mil lei. La primera vez se enojó pensando que quería burlarme de él. Luego cuando vio que era en serio, hizo el intercambio y me agradeció, prometiendo dar una misa por mi alma. Después de que hice la transacción, el vecino me miró un poco extraño. Lo había decepcionado. Pero no tenía nada que hacer. Desde que Sam me trajo la noticia de la ganancia había decidido no llevar el auto a casa. Habría molestado a mi abuela y esto no me lo podría permitir. Llame a Ana-María y le expliqué que hice y ella me mando un beso grande y me felicito. Estábamos los dos en la misma onda.

FIN CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

El último año de colegio pasó volando. En el salón del comedor se celebró un banquete, al que sólo estuvo ausente Ana-María. Iba a venir de vacaciones solamente en agosto. La fiesta fue un poco dulce y un poco amarga. Estábamos orgullosos de nosotros mismos por finalizar el curso con Magna cum laude, cada uno también un poco triste porque algo tan bonito había llegado a su fin.

Habíamos superado la etapa de la adolescencia y estábamos dando los primeros pasos en el camino hacia la edad adulta. A partir de ahora teníamos que tomar nuestro destino en nuestras propias manos. Y estábamos impacientes como los potros salvajes, llenos de esperanza y claros como el cielo de mayo. ¡Era algo para soñar! Cantábamos, bailábamos, contábamos chistes, entregamos regalos a los profesores, regalos a sus medidas. Por ejemplo, al director, que tenía el apodo de sheriff, le regalaron una bandolera con dos pistolas de pacotilla. Tuvo que atarse la bandolera y hacernos una demostración de rapidez al sacar el arma de la funda, ante las risas de toda la audiencia. La profesora de anatomía recibió de regalo un gato húngaro, con la siguiente dedicatoria:

                   “Te traje este gato montés desde el mismo Budapest

                    Para usarlo el próximo año, para cumplir con el plano

                    Solo en una dirección para vivisección!”

Y así, cada maestro recibió un regalo, específico para su campo de actividad. Sam Coliva se sentó a la mesa a mi derecha, olvidado siendo el episodio de la lotería. Misu Potaie tampoco estuvo ausente, y se sentó a mi izquierda. Él y Sam habían traído provisiones de casa: dos botellas de vino de tres cuartos cada una. Vino de “Feteasca Regala” un vino blanco, de calidad superior. 

– ¿Puedes tener confianza en el gusto de los demás? dice Potaie. Somos precavidos. Una vez comimos un asado, en una fiesta, y faltó el vino, nos trataron con cerveza. Qué el asado va con la cerveza, sólo los alemanes pueden concebir tal cosa, nosotros no.

Pero esta vez en la mesa también pusieron vino, no sólo cerveza. Y un vino mejor que el de ellos, un vino de “Muscat Ottonel”. Potaie nos confesó que quiere ser marinero. 

– Bueno, debes estar un poco perturbado, le dijo Sam. ¿Cómo te imaginas que puedes ir al Instituto Naval, siendo un estudiante pésimo?  Logras terminar la escuela secundaria porque llamaste, acompañado por tu padre, a la puerta de los profesores, con la cabeza, porque tenías las manos ocupadas. Y también el examen del bachillerato lo finalizaste porque te dí yo mismo mis notas para copiarlas arriesgando mi examen.

   – ¿Fíjate tú que eres estúpido? Sueltas solo bobadas. Bueno, ¿te dije que voy al Instituto Marino?  Dije que quiero embarcar como marinero. ¿Qué pasa, que solo oficiales se necesitan en el mar? 

– ¡Venga ya cabrón, tú ni siquiera sabes nadar!

– No es necesario en la cocina. Voy a trabajar como cocinero.

Yo y Sam lo miramos asombrados.

– ¿Sabes, nos dijo, que hace un año hubo un curso de cocinero-camarero? Ocho meses, dos veces por semana. Por la tarde se hizo.

Sí, era cierto. La Casa de Ciencia y Cultura del municipio había realizado cursos de este tipo. Mi padre sintió que algo andaba mal conmigo en la escuela. Y pensó que sería bueno tener una salida si me equivoco con mis estudios. Pues, desde que terminé este curso soy el único que cocina en casa. Tienen que venir los dos y les voy a preparar una comida casera para chuparse los dedos. Hay que verme en la cocina, con el delantal puesto y la botella de tuica a mano. Cortar una zanahoria, tomar un trago, cortar una cebolla, tomar otro. ¡El trabajo va de puta madre!

– ¡Hasta que te vas a caer en la olla de sopa con tanto alcohol! interrumpe Sam.

– ¡Cállate la boca, envidioso de mierda! Y por eso digo, realmente no tuve tiempo de estudiar. Por la cocina. Pero todo mal para bien, porque me especialicé en esta rama. ¿Tu, querido Sam, qué quieres hacer a partir de ahora, ya que tampoco te mataste estudiando?  Se puede decir que te gastaste el tiempo en bromas sin sabor.

– ¡Observación del cocinero! ¿No te dije que estas razonando con los cordones de tus zapatos? Tomaste por ejemplo los malos resultados en algunas materias, pero no tuviste en cuenta que, en una materia, que los estudiantes suelen tratar con indiferencia, yo brillaba. ¡Biología, tonto!  ¡Quiero ser biólogo!

Misu Potaie masticó algo en su cerebro, bebió un vaso de vino y luego dijo:

– ¡Nos has engañado! Pensé que estabas obteniendo altas calificaciones porque la maestra de Biología es tu tía. Me dije que la pobre mujer también estaba luchando por subir su promedio general, que era demasiado bajo. También tenías notas bajas en deportes. Sólo en química obtuviste un buen resultado. ¡Pero ahora lo entiendo! Todo se está conectando.  ¡Bien hecho hermano, te deseo mucho éxito!  Veamos qué dice Leny.

– Bueno, ¿qué puedo decir? ¿No te queda claro? Voy al teatro. 

– Vaya, dice Sam, se te ha ido la olla. Tú no tienes pinta de actor. Eres demasiado proporcional para ser actor. Y demasiado guapo. ¿No ves que se llevan los feos, y los con cuerpos deformes, para que te hagan reír solo cuando aparecen? ¿Quién es un gran actor hoy? Ogasanu , con esas orejas ¿Viste la nariz de Moraru? ¿Tienes tu nariz para entrar al teatro? Mejor empieza con lo que sabes, por ejemplo, el inglés. Sam comenzó a reírse a carcajadas y a guiñarme un ojo. Misu lo miraba extraño. No entendió la alusión. No tenía motivos para hacerlo, porque yo no le había dicho nada sobre Ana-María.

– Respecto a los actores, te equivocas, Sam, le digo. Ogasanu me parece un buen tipo. Y ni siquiera tiene una cuarta parte de las orejas de Clark Gable, quien, al fin y al cabo, era adorado por las mujeres de su época. Y en general, los actores que mencionaste son tipologías interesantes. La belleza física sin el brillo de la inteligencia no tiene valor.

– Oye, para el carro, que estaba bromeando y tú estás enojado para nada. Tenga la seguridad de que los que he mencionado son mis adorados. Ni siquiera creo que me gustaría si no fueran así. Pero no me mires, soy como un tonel de gordo y solo tengo 19 años. ¿Crees que quiero reírme de mí mismo? Será mejor que salgamos a bailar, tal vez yo también bajé algo de peso.

– ¿Quieres acabar como Misu? 

– En ningún caso, me respondió con simpatía. Pobrecito, es demasiado flaco. Salimos a bailar, pero regresamos rápidamente. Sam no pudo soportarlo más, estaba lleno de sudor. 

– ¿Qué pasa?

Mişu se rió de él. 

– ¿No te gustan las chicas?

– Están como cabras. Mejor un vinito y un poco de quietud. Metió la mano debajo de la mesa y sacó una botella de Feteasca. Todavía tenía un poco de líquido. Se llevó la botella a la boca, se tragó todo el contenido restante, y luego dijo contemplando la botella:

– ¡Estás muy fea así, vacía!

            Al finalizar el banquete, el director quiso decir unas palabras. Fue emotivo, cálido y lleno de consejos útiles para el futuro. Nosotros y los demás profesores le agradecimos profundamente por el amor con el que nos rodeó, por la paciencia que tuvo con nosotros guiándonos paso a paso. Sólo cuando terminaron las festividades, cuando cada uno de nosotros partió hacia sus casas, nos dimos cuenta del abismo que se había hecho detrás de nosotros ya no había más un camino de regreso a la fiebre de la época de tesis, a la alegría de sacar una nota alta o a la amargura de una baja, a las pequeñas peleas entre chiquillos, al fuego de paja de los novios adolescentes, a nosotros, los de ayer, los despreocupados.

FIN CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

Antes del examen de teatro, tenía un mes. Tuve que desconectar un poco de la tensión por el examen del final de curso. Tenía que desconectar un poco para poder atacar con nuevas fuerzas otro examen, el de admisión en el Instituto de Teatro. Decidí ir a la playa por doce días. Ana-María y yo estuvimos en la montaña dieciséis días el año pasado, pero solo pudimos quedarnos dos en el mar. Así que, a principios de junio compré un billete a través de una agencia hotelera, en el resorte Venus a orilla del Mar Negro. Quería hacer algo de ejercicio. Correr, nadar, deportes en general. 

Para poder contarle a Ana-María con la mayor precisión posible cómo pasaba mi tiempo libre en la playa, nos escribíamos una carta cada dos semanas, en la que nos contábamos detalladamente lo que estábamos haciendo, lo que estaba pasando aquí y allí, noticias, en fin, de todo para todos; yo, por mi parte, creo que estaba más al tanto de lo que pasaba en Londres que la Ager Press.

Yo llevaba una especie de diario íntimo en el que cada día anotaba algo especial. Y el último día le escribí una carta-informe, con la que, me dijo por teléfono, se había divertido mucho y que debería llevar la carta a una revista de comedia. Eso hice, se lo propuse a esa revista y en el número siguiente apareció con el título Pensamientos.

Aquí le dejo la carta:

“Querida mía, empezaba yo mi crónica, podría haber titulado lo que plasmé en esta crónica de las más diversas formas y matices, desde los conocidos: Cronista del Mar Negro, Crónica de una luz azul, Doce días cerca de las olas, etc. Hasta algunos matices abstractos, como: ¡Mira lo que vi allí!, Amaneceres azules para todos, ¿Crees que yo no sé escribir?  Me detuve, sin embargo, en el título Pensamientos. Eso es porque cuando sonaba el reloj, a las 5:15 horas, el día del comienzo de mis vacaciones en la playa, mis pensamientos me invadieron. Tu estabas en primer plano. Me estaba reprochando que pudiera haber esperado a que fuéramos juntos. Hubiera sido mejor, tal vez. No lo sé. Nadie sabe cómo será hasta que vive el momento. Estaba pensando en los días que vivimos juntos, en tus manos, en tus labios, tu cabello, tu divina belleza, en qué significas en mi vida, en todo lo que eres. Solía sentir escalofríos cuando te asociaba con una canción de los Beatles y sentí una cálida ola de gratitud que se apoderaba de mí.

A las 6:05 horas, un tren fantasma tenía que sacarme de la languidez de mi ciudad natal y llevarme hasta el fin de la tierra, allí donde las gaviotas se sienten a gusto.

A las 9:15 horas, bajaba en la estación de Renfe de Constanţa, donde después de los primeros pasos fuera del andén se me acercó una persona dispuesta a sacar algo de dinero de mi humilde bolsillo:

– ¿Quiere usted una habitación?

– No, gracias, fueron mis palabras de defensa. Tras lo cual me dirigí a la salida, no sin antes dar cuenta a otro “director de hotel” ad hoc. 

¡Eh!  Más allá de la puerta de la estación, el cielo finalmente era azul. Iba a ir al delfinario antes de ir al hotel, porque me habían dicho que era algo muy divertido. Y realmente lo estaba. Realmente me gustó. ¡Los delfines son muy lindos e inteligentes! Hacían todo tipo de trucos con la pelota y el aro. Había más niños allí. Algunos de los que habían estado antes, gritaban a los delfines, pidiéndoles que hicieran una voltereta más, o que tiraran la pelota a las gradas. Otros miraban con curiosidad, sin atreverse demasiado, señal de que estaban por primera vez en el delfinario. Luego fui a ver el mar, desde el acantilado, donde tronaba el Casino, un edificio magnífico construido a la orilla del mar para el deleite de la burguesía del siglo dieciocho. Y si todavía llegué allí, también fui al acuario. Cuando vendrás, iremos juntos, a mostrarte las maravillas de peces de mil colores que encantan el ojo. ¡Es un espectáculo magnífico! No exagero cuando digo que hay especies de todo el mundo.

Del acuario salí para el centro de Constanta, una ciudad que abarca el puerto marítimo más grande de Rumania, caminando despacio, mirando por todos lados como un chichillo en la feria. De todos modos, aunque quisiera darme prisa, no sabía qué hacer, porque las calles estaban llenas de gente, gente deseosa, como yo, de divertirse en el ambiente marino. En una tasca corriente, comí una sopa de pescado, como en casa de mi madre, y un plato de carpa de río muy sabroso. Por la tarde me presenté en la estación de autobuses y compré un billete de autobús hasta el punto final de mi viaje, Venus. Un complejo turístico a unos treinta kilómetros de distancia. Ese autobús era en realidad un trasto apestoso, en el que no cabía un alfiler. No puedo transmitir la sensación que tuve, de sentirme abrumado por la población que abarrotaba el viejo trasto, porque simplemente no tengo palabras. Me esperaba que de un momento a otro, La Perezosa, así apodaba en mi mente al autobús, se partiría en dos. Mi suerte es que pertenezco a la especie humana, que suele adaptarse a cualquier entorno. Yo tampoco, alabado sea Dios, era una feliz excepción. Después de Eforie Sud, un poblado al este de Constanta la presión disminuyó, señal de que algunos payeses habían llegado a sus casas. Sin embargo, mis callos eran doloridos y había empezado a obsesionarse con una caricatura de Mordillo, en la que un caballo con un jinete montado sobre si, se arrastraba por el desierto y en el momento que encontraba un charco y tiraba abajo a su amo, que se ponía a beber del agua estancada, y él, el caballo, en vez de beber también agua para refrescarse la garganta empezaba a refrescarse los pies sentándose con el trasero en la orilla y chapoteando con tacto los pies en el agua. ¡Madre mía, cómo me gustaría estar en su lugar! En un momento dado, para mi sorpresa, y creo que para la sorpresa general, entre la masa de ciudadanos, apareció escabulléndose valientemente, ¿quién crees? ¡Lo adivinaste! ¡La verificadora de los billetes! ¡Es increíble con cuánto amor y desinterés hacen estas mujeres en su trabajo! Considerándolo todo, ¡me sorprendió! Casi me había olvidado de los callos, sólo que el vecino de enfrente, más atento de lo que pensaba, tuvo la amabilidad de recordarme que todavía existen. La valiente chica había llegado delante de mí. Quería hacerle un cumplido. Pero lo superé a tiempo. No podía saber cómo lo interpretaría. No es que me hubiera dado una bofetada, porque no había sitio, pero podría haberme dado una patada   por debajo de la cintura, para recordarla toda la vida. El problema del billete no era tanto, porque me abastecí a tiempo. Otro fue el problema. Cómo sacar el billete del bolsillo. Al final, por elección propia, o por necesidad, logré sacarlo, no sin antes lanzar unos sanos codazos a los vecinos de alrededor. Los arrepentimientos llegaron tarde, por lo que me vi obligado a aceptar algunas intervenciones voluntarias en los callos. Después de vengarse, se calmaron. Y finalmente, tras unas paradas más, La Perezosa se detuvo junto al cartel que decía Venus. Saqué la maleta sobre las cabezas de mis compañeros de sufrimiento y salí al aire libre con unos kilos menos. Me lo tomé con calma y descubrí con alegría que el estado de los callos había mejorado significativamente. Respiré hondo y me lancé a por mi meta. La maleta estaba magullada en varios lugares, pero no importaba nada. ¡Menos mal que no fue peor! Frente a mí, apareció un cartel con la inscripción: A la oficina de alojamiento, la dirección en el lado izquierdo. Y me dirijo como un tonto en la dirección recomendada, sin preguntar a nadie más, que probablemente me habría indicado mi hotel, que era unos cincuenta metros en frente de la oficina. Después de haber recorrido cuidadosamente todo el complejo gracias a las precisas indicaciones del cartel, arrastrando mi gran maleta, Dios dirige mis pasos hacia una ciudadana, quien me mostró el hotel Silvia. Estaba justo frente a mí, pero no podía verlo, probablemente por mi nariz. Ataqué a la recepcionista con besamanos y otras delicias verbales. En respuesta, ella me dijo dulcemente:

 – Aún tienes algo que pagar, esto después de la investigación rápida de los documentos.  Sea como fuere, con una sonrisa en el rostro y el corazón apretado, entregué ciento cincuenta leí demás, después de lo cual me dio la llave y pude ver de mi camino. Pregunté cuándo era la cena y descubrí que todavía tenía media hora para ir a comer, después, la cocina estaba cerrada. Dejé mi maleta en una habitación bastante bonita, donde pude dormir solo por una noche, me lavé las manos y luego corrí al comedor para disfrutar de una buena cena. Bueno, la cena no fue demasiado apetitosa, pero estaba famélico y zampe todo que me pusieron en el plato. Tranquilo en todos los sentidos, tomé el desvío hacia el bar del hotel, y me quise postar frente a la barra, para tomar una cerveza, pero una multitud abigarrada que miraba una tele en color desde la puerta me había cerrado el paso. Todavía ponía publicidad, pero entendí que tenía que empezar un partido de fútbol. Después de mirar por encima de sus cabezas, a ver que miraban con tanto ahínco salí hacia la habitación, con la intención de regresar después de ducharme y desempacar. El procedimiento fue casi exacto y a las nueve y cuarto estaba sentado en una mesita del bar con la vista puesta en la tele. Tuve la suerte de encontrar un asiento libre en una mesa más atrás, que probablemente nadie había visto, junto a otros tres ciudadanos. Digo que tuve suerte, porque el bar estaba lleno. Los partidos del campeonato europeo de fútbol de Francia, se retransmitían por televisión. Esa noche, Bélgica – Dinamarca. Ok, me dije, yo también quiero ver el partido. Tan pronto como comenzó el partido, vi al barman corriendo entre las mesas, recogiendo el pedido. Realmente no entendí lo que decía, porque hablaba apresuradamente y yo estaba prestando atención al partido. También vino hacia mí y comenzó a saltar a un ritmo infernal:

– Vodka – Cola, Coñac – Cola, Vodka – Limón. Me miró enojado y movió los párpados rápidamente. Al principio pensé que su esposa lo había engañado y él vino a desahogarse a mi mesa. Sólo después de que pasó su mano por su pelo unas cuantas veces, al estilo Eduard, y repitió la oferta mientras pestañeaba, me di cuenta de que de alguna manera debería sentir lástima por él.  Ahora déjame contar quien es el famoso Eduard y por qué le he añadido a esta historia:

Se dice que un elefante estaba leyendo el periódico en el salón de su casa. En algún momento, escuchó sonar el timbre. Va hacia la puerta, la abre, pero no ve a nadie. Vuelve a la sala de estar disgustado, cuando, se oye de nuevo sonar el timbre. Vuelve a la puerta.  Nadie. Contrariado mira alrededor, no ve a nadie, luego mueve la mirada hacia abajo y ve un ratoncito que miraba hacia arriba a sus ojos.

– Usted llamó? preguntó el elefante.

– Sí, respondió el ratón.

– Qué desea? 

– Estoy buscando a la señora de usted. 

– No está en casa.

– Entonces dígale que Eduard la estuvo buscando. Y con un gesto de superioridad, se pasó la mano por su pelo ralo tirándolo hacia la espalda.

Bueno, mi amigo el barman, tenía el mismo tic. Y aunque había repetido que tenía Vodka – Cola y Coñac – Cola, yo estaba decidido a no tomar nada de alcohol, así que lo interrumpí:

– Querido señor, yo no tomo alcohol. Tráeme un café y una botella de zumo. Como me vio decidido, me dejó inmediatamente y no me molestó más. En cambio, los demás clientes no escaparon: Vodka – Cola, Coñac – Cola, Vodka – Limón” hasta el final del partido, mientras yo lo miraba de vez en cuando porque me hacía gracia, como seguía cerrando los ojos y echando su cabello hacia atrás como Eduard. ¡Pobre hombre! ¡Pobre es un decir porque en las tardes siguientes pude comprobar cómo un hombre puede hacerse rico, casi sin darse cuenta! Pero volveré sobre el tema en cuestión, esto sólo después de un breve intermedio en la playa.

Superada la primera noche, que significó para mí una serie de idas y venidas entre dos pesadillas, de la que la más fuerte me despertó del sueño, si a ese algo se le puede llamar sueño. Le cuento el sueño, o la pesadilla, o lo que fuese:

            Yendo de camino a Constanta pasé por Bucarest y pedí prestado el coche de un amigo.  Pero en alguna parada en el camino, un chico, o una chica, no recuerdo bien, se dio cuenta de que yo no tenía carné de chofer, y probablemente me salvaría de alguna sanción si me hubiera parado un oficial de policía y me robase el coche. Mi primera reacción fue a embestir contra el amigo: “Mira, tonto. Él sabía que yo no tenía carné y aun así me prestó el auto. ¡Seguro que me tiene manía!” Finalmente, después de haber creado una serie de complejos de culpabilidad, logré despertar del shock.

No tienes idea de lo que puede estar en el alma de un hombre, cuando descubre que se ha liberado de una deuda bastante grande, ¡sin mover un dedo!

Hasta la mañana, dormí como un bebé y me levanté sin ganas. Sin embargo, después de un viaje a cuatro patas al baño y de ducharme con agua fría, me puse en la línea de flotación. En la mesa donde se servía el desayuno, logré meterme debajo la piel de la camarera en ciernes, con todo tipo de palabras suaves. Y entre una cosa y otra, me entero de que se llama Oita y que es de Fagadau. Ni ella ni sus declaraciones me parecieron demasiado interesantes. Pero lo más interesante lo supe más tarde, fue el hecho de que mi simple aparición en el comedor hacía que la chica se apresuraba a traerme la comida. O sea, que yo no tenía que esperar unos minutos más como el resto de los comensales.

En la playa, gente de todas clases y de todas las naciones, muy abigarrada, llenaba las playas. Afuera hacía calor y a mi lado apareció un ciudadano que probablemente quería robar todo el sol desde el primer día de playa. Pero se quemó. Como no soporto a los tontos, tuve que alejarme un poco más de su rostro. Pero me arrepentí pronto. Un niño, desatendido por sus padres, estaba tomando baños de arena. En general, las actividades infantiles no me molestan, y algunas me gustan. Pero desde el pequeño que se bañaba en la arena también saltaron a mi toalla de playa unas “gotas” de arena. Para escapar del niño le propuse un trato:

– Si corres hasta el agua y vuelves, te doy dos lei, para que te compres un helado. Después del cross, me salto el dinero sin pudor y así pude seguir bronceándome. Al cabo de cinco minutos, el niño reapareció, susurrándome confidencialmente:

– Oiga señor sólo le quedan helado que cuesta cuatro lei.

¿Qué se suponía que debía hacer? Metí la mano en el bolsillo y le di el resto de dos lei al chaval.

En poco tiempo, la playa fue invadida por ciudadanos de todas las edades y colores, que intentaban vender sus mercancías:

“- ¡Piedra Ponce para los talones, chicle americano y barro negro para la reuma! ¡Tenemos espuma de mar!”

Tras esta primera oleada, un ciudadano de mediana edad, vestido con una bata blanca y con una enorme bandeja en las manos, lanza su oferta con voz de barítono:

“- ¡Lloren niños, para que su mamá os compre helado! ¡Lloren niños, para que su mamá os compre helado de vainilla!”

Un tipo con un altavoz intervino también:

“- ¡El fotógrafo vino! ¡Hacemos fotos en color para todos los sexos y todas las edades! “

Una anciana con muletas preguntó si sus fotos ya estaban listas. ¡No pude más que reírme, a esto le faltaba una foto con muletas!

Después de unos minutos el tío de los helados vuelve con un nuevo texto:

– ¡Lloren niños, lloren porque sin helados os moriréis de sed! ¡Si ni con esto no os asustéis yo ya no vuelvo más! ¡Os dejo sin helado para siempre! ¡Sois unos niños muy pero que muy pobres si no podéis permitiros un helado!

Esto no le impide, sin embargo, que al cabo de media hora reaparezca con una cesta de palomitas.

Después de casi tres horas, deje la playa, preocupado porque no me había alcanzado ni un solo rayo de sol. Al mediodía todavía tuve tiempo de hacer lo que me había propuesto cuando decidí venir aquí. Me refiero a los deportes. Corrí por la carretera que conecta Venus con Saturno, hice movimientos de tronco, brazos, cabeza, hice sprints, flexiones, genuflexiones, en general los pocos complejos deportivos que conocía. Después del entrenamiento me sentí mejor. Me di una ducha y me tomé el almuerzo. Comí en una mesa con una familia compuesta por tres miembros. “Los Viejos”, de unos 30 años, modernos, civilizados, me causaron buena impresión. Ani, una niña, linda e inteligente, no más de 5 años. No me molestaron durante las comidas compartidas, al contrario, nuestras relaciones se volvieron cordiales. Después del almuerzo me encontré en la habitación con un compañero. No me molesto porque la recepcionista me había avisado previamente. Nos conocimos y acordamos que en una partida cartas se podría lograr una mejor conexión entre nosotros. Y como una partida de cartas sin apuestas es estresante, saqué la calderilla y la puse sobre la mesa. Él me ganó todo lo que había sacado sobre la mesa y tuve que ir a por más dinero. En pocas horas, le transferí la mitad de lo que había tomado de casa para mis gastos. Pero no perdí la compostura, porque soy un niño pobre y nunca sufro por pérdidas de dinero.

Por la noche fui al bar a ver el partido, con el riesgo de tragarme un Vodka – Cola, ¡aunque dije claramente que nada de alcohol! Por supuesto, me posteé con dos horas y media de antelación para tomar asiento. El amigo, el hermano de Eduard, apareció en un enorme eslalon entre las mesas. Cuando llegó hasta mí, traté de detenerlo con el mismo texto:

– Amigo mío, yo no bebo alcohol. 

Pero el hechizo no cuaja y el cabrón me dijo seco:

– No tengo bebidas sin alcohol y el consumo es obligatorio. En fin, me dijo sonriendo, no es mucho alcohol, porque se combina con Pepsi según la receta.

Lo sería o no lo sería, juzgué, pero cien mililitros de alcohol son cien mililitros de alcohol, aunque en combinación con poco de Pepsi, que no cabe demasiado en este vaso de ciento cincuenta gramos. Después de probar el cóctel, comencé a arrepentirme de haberlo pensado mal de Eduard. El pobre tenía razón. No era demasiado alcohol. Tiendo a pensar que solo tenía un poco de Vodka en el fondo del vaso. Más para sabor. Mira el señor, pensé, un hombre con sentido común, ¡no quiero alcohol, no me lo sirve! ¡Sin embargo, me lo cobra! De pequeñas conversaciones con la gente de alrededor se desprende que para ellos la situación es igual de dramática, aunque hubieran probado con gusto un poco de Vodka. Pero la receta es la receta. “Sí señor, se me hincha el pecho de orgullo. Para ver a la selección rumana de fútbol en un enfrentamiento internacional, ¡ningún sufrimiento es demasiado grande!”. Y me sentí orgulloso del gesto que hice. Eduard también se enorgullece de que es avispado y se saca una tajada cada noche sin grandes esfuerzos. El grupo músico Dolly Dots apareció en la pantalla”. ¡Mujeres hermosas y cantan de maravilla!

El partido comenzó. Según mis cálculos, necesitábamos el 1-0. Y soy optimista. Esperaba el regreso de Camataru nuestro centrocampista y podríamos ver a los nuestros en las semifinales. ¿Qué más da los portugueses? Nosotros los vamos a triturar, eso que ellos quieran también. ¡No quisieron! Y al final, ¿qué puedes hacer con nuestros jugadores que parecen abuelos, gente que se enreda en sus botas? El partido fue lento. Incluso demasiado lento. Por nuestro lado, porque los portugueses volaban en el campo. Menos mal que Stefanescu el capitán del equipo estaba en forma. Y el ataque estaba en forma, con Camataru a la cabeza, ¡pero en forma de bizcocho, bizcocho o pan casero, a elegir! Con toda la lentitud, tuvimos dos oportunidades grandísimas de marcar. Pero la cosa es que la suerte no fue para tanto y fallamos. Después de que pedí con voz ronca un cambio, Lucescu, el entrenador, me oyó por telepatía y sacó a Augustin a calentar. Aplaudí, acompañado de todos los del bar. Pero a  Agustín le costaba mucho calentar y perdimos otra oportunidad. Al final sacaron fuera a Camataru y metieron a Augustin. El Augustin tenía el apodo de El Búfalo. Miré a Eduard, estaba jubiloso. No es que fuera aficionado al fútbol. Ni siquiera estaba mirando el partido. Pero el bar estaba lleno y su negocio iba bien. Tienes que ser un hombre de éxito, para vender algunas docenas de Pepsi que cuesta trei lei la botella a veinticinco lei el vaso y eso en unos minutos.

¡¡¡Goool!!! De repente empezamos a abrazarnos, luego caímos en nuestros asientos decepcionados. La pelota había golpeado la red exterior. Nos equivocamos nosotros, y también se equivocó el comentarista deportivo, que luego volvió y se disculpó.

Durante el descanso los comentarios no cesaron. No importaba que no nos conociéramos, actuamos como si hubiéramos crecido juntos. Todos. Incluso Eduard estaba haciendo predicciones.

La segunda mitad comenzó mal. Los portugueses nos habían tomado como mulas y cabalgaban sobre nosotros. Golpeé de pronto nerviosamente la mesa y bebí el vaso de golpe, que en un momento se vacío. Eduard lo notó y me silbó por fuera de juego. Me di una bofetada a mí mismo en mi mente y salí con otros veinticinco lei. Eduard me dio una Pepsi helada. Menos mal que no tengo las amígdalas, me las quitaron cuando era un crío. Trabajo duro para Eduard, ¡no sé cómo no se le caía la cara de vergüenza!

No sé si Gabor es pariente de Lucescu, pero lo vi entrar al campo. Irimescu, sin embargo, no debería salir del campo. ¡Que mala suerte, los minutos pasaban sin conseguir marcar un tanto! Se nos acababa el tiempo y no marcamos. Sin embargo, marcaron un gol los portugueses, a pocos minutos del final. Me fui. Ya estaba harto de que Gabor regateara sólo. Pero regresé inmediatamente, porque un rayo de esperanza seguía dándome guerra. Se han visto milagros antes. Esa noche no ocurrieron milagros y el partido terminó como terminó, con nuestro equipo perdiendo la calificación. Me acosté mustio.

 Pasé el día siguiente en la playa, cuando vi al barítono venir con nuevas fuerzas.

  –  El Santa de Constanta, regalará helado gratis en invierno, en verano con dinero, ¡ helado aromatizado!

 El fotógrafo no se deja esperar demasiado:

– “¡Hagamos fotos con el mar, el sol, el patito y su marido!” ¡El dinero se va, pero los recuerdos permanecen! ¡El fotógrafo, vino El fotógrafo!

También hacen su aparición los otros, pero con las mismas cantinelas. Surcando valientemente la playa, aparece otro vendedor ambulante gritando a todo pulmón:

– “¡Panqueques, tenemos panqueques calientes! ¡Y son grandes como el Coliseo!”

Detrás de mi hotel hay un maravilloso paseo marítimo. Por la noche, desde el acantilado se puede ver el mar proyectando los rayos de la luna sobre la amplia bahía. Ancianas con aire primaveral, como llegadas de una época lejana, mueven sus pasos con cuidado sobre las brillantes losas del paseo marítimo. Aquí también, por las noches, fumo un cigarrillo tranquilamente y pienso en ti…

Querida, no puedo terminar sin decir, una vez más, ¡que te amo y que tengo muchas ganas de verte!”

Tuyo para siempre, Leny.

FIN CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

 La universidad. El examen. El temor de fallar.

Besé a mi abuela, ella me deseó éxito y partí hacia Bucarest, lleno de esperanza. Nicu Dionis estiró alegremente los brazos y me abrazó.

– ¿Qué viento te trae hacia mí?

– A decir verdad, me da un poco de vergüenza el ruego que tengo.

– Vamos, vamos, no te avergüences como un niño chico. Eres un hombre hecho y derecho.

– Quiero ser actor profesional. Por un momento se pudo leer el asombro en su rostro. Sólo por un momento. Luego su figura se relajó y con una gran sonrisa, me dio una palmada en el hombro en forma de “Bien hecho, ¡bien hecho! ¡No tienes mal gusto!” Bueno, al contrario, diría yo. Luego, me invitó al sofá, al lado del acuario con peces exóticos, su afición.

– Querido Leonard, primero debería preguntarte si sabes qué condiciones se le imponen al candidato para su inscripción, cómo se desarrolla el examen en su totalidad y otras cosas, pero no te preguntaré nada más y te diré directamente, ¡porque quién sabe qué y cómo te lo contaron por allá!

– Nadie me dijo nada, intervino inmediatamente.

– ¡Esto es mejor! En cualquier caso, para ir al teatro hay que ser o valiente, o inocente. Cumples una de las condiciones, eres inocente. Empecemos, ¿estás de acuerdo? 

– Por supuesto, dije.

Él encendió un cigarrillo, puso un pie sobre el otro y, apoyando la espalda en el respaldo del sillón de funda amarilla, y comenzó:

– Para la inscripción en el Instituto del Teatro y del Arte Cinematográfico Ion Luca Caragiale, necesitas los mismos documentos que por el resto de las facultades, más un repertorio compuesto por al menos cinco poemas, que deben abordar diferentes géneros. Este repertorio lo entregaremos junto con los documentos personales para la inscripción al examen. Durante el examen, será entregado al comité examinador, que elegirá los poemas para el concurso. El examen propiamente dicho tiene dos fases: la primera fase consiste en recitar una o varios poemas y una prueba escrita sobre la lengua y la literatura rumana.

Ambas pruebas son eliminatorias. Es decir, se califican con “admitido” o “rechazado” y no con notas. Y otra cosa, si eres admitido a la prueba de declamación puedes hacer la prueba de lengua y literatura, pero si fallas en la declamación no serás admitido a la prueba de lengua y literatura y vas de cabeza a casa para prepararte para el próximo año. Superada la primera fase – declamación y lengua y literatura rumana – pasarás a la segunda fase, que consta de dos pruebas separadas pero ambas eliminatorias: una prueba de movimiento y habilidades escénicas y la segunda, de prueba de monólogo.

La primera prueba, es el ocho de julio, es decir, una semana antes del inicio de los exámenes en las demás facultades del país. Se trata de dar a los candidatos al examen de teatro, que son numerosos, la posibilidad de matricularse en otras facultades, por supuesto, si no fueron admitidos en el Instituto de teatro. Por cierto, en esta primera prueba práctica, más del cincuenta por ciento de los candidatos suspenden. Muchos de ellos se registran en el Instituto de teatro por espíritu de aventura, traídos aquí por el espejismo de ser una estrella de cine, sin tener la más mínima aptitud para este arte que es la actuación. Por eso a esta primera prueba también se le llama prueba purificadora, separa el trigo de la paja. ¿Está claro hasta ahora? 

– Sí, digo yo abrumado.

– Piensa en lo que te he contado hasta ahora, mientras preparo un café. Luego continuaremos, pon algo de música también, te lo ruego. El reproductor de casetes está debajo de la mesa florentina, del rincón. También puedes encontrar cintas allí. 

Busqué entre las cintas quizás para encontrar canciones de los Beatles, pero no pude encontrar ninguna. Dionis era un tipo modernista, sólo tocaba música disco: Madonna, C.C.  Kath, Cindy Lauper. Regresó rápidamente con cafés humeantes y continuó:

– En I.A.T.C., esta universidad de los artistas, las inscripciones se realizan en tres secciones: actuación, dirección y directores de fotografía. Tú sólo estás interesado en actuar, así que no entraré en detalles en las demás categorías. Hay muy pocos escaneos. ¿Tú entiendes?

– Perfecto.

– Entonces está bien. No creo que necesites saber más. Ahora, veamos qué poemas sabes recitar.

– Es difícil para mí decirlo, porque en realidad sólo sé la poesía Romance retrospectivo de Ion Minulescu.

– Dios ¡Esto está muy mal! ¡Solo falta una semana para el examen y solo sabe un poema! Bueno, pero es la realidad del momento y tenemos que adaptarnos a ella. Pensó un momento, luego me preguntó:

– ¿Qué poetas te gustan? 

– Para ser honesto, realmente no me maté con la poesía, sin embargo, puedo decir que algunos poetas estaban más cerca de mi corazón. Uno de ellos es lon Minulescu.

– ¿Alguien más?

– Nichita, Sorescu, Paraschivescu y Toparceanu. Especialmente Toparceanu.

– ¡No está mal!

Caminó un rato con las manos detrás de la espalda y luego decretó:

– Nos quedamos con estos. Para aprender un poema de cada uno. Después de una breve concentración:

– Digamos que estás preparando la Patria de Nichita (volviéndose hacia mí). Apúntatelo en algún lugar para no olvidar.

– En seguida. Saqué el bolígrafo y la libreta de mi bolsillo y mirándolo a los ojos, apunte.

– Entonces, Nichita, el poema Patria.

¿De quién dijiste el segundo?

– Sorescu.

– Sorescu, sí, de Sorescu, el poema Debería llevar un nombre. Y de Miron Radu Paraschivescu con la obra La maldición del amor.

– Esta no la sé, pero una vez leí La esposa infiel. ¡Me gustó tonto!

– Sí, es buena. Pero guarda también La maldición del amor. Y de Toparceanu, dije que me gustó un poema.

– ¿Cuál?

– Verano en el campo.

 Él sonrió.

– Sí, es una parodia del poema de otro poeta, un tal Deparateanu.

– También, dijo Dionis, te falta tener un poema filosófico y una fábula. Puede ser Inscripción en la puerta de la prisión de Radu Stanca y El león y el chivo de La Fontaine. O, pero eso sólo si la comisión será encabezada por el profesor Dem Radulescu, El cuervo y el Zorro. A Dem le gusta, sabes – y me guiñó un ojo. Luego me estrechó la mano y me dijo:

– ¡Corre y aprende de memoria todos! Mañana te presentas para trabajar un poco. 

Entré en la primera librería que encontré y compré los volúmenes de los que iba a extraer poesía para el examen. Entonces, con los brazos llenos de libros, crucé el umbral de la casa de tía Matilda. Ella y el tío Mihai estaban felices de verme. No nos habíamos visto desde el espectáculo en el teatro Ion Creanga.

– Creo yo que tendrás hambre. ¿O me equivoco?, se interesó la tía Matilda a su estilo.  Déjame darte de beber algo fuerte hasta que la comida se calienta. Mihai, trae a este aguardiente de Zalau de la alacena, para homenajear al chico.

Tomé un trago y me dieron las lágrimas. 

– Este aguardiente es muy pero que muy fuerte, dije.

– No estás acostumbrado a ella, más de cincuenta grados no tiene. Sentí que la tía Matilda quería algo de mí, pero no atacó el tema. Intentó hacerme hablar a mí, pero al final no pudo contenerse más y me soltó:

– Oye, me contó tu abuela que te hiciste novio de aquella joven profesora con la que actuaste en el teatro. ¡No tienes mal gusto!

– Es posible, respondí evasivamente.

– No seas tímido conmigo y cuéntamelo todo.

– ¿Qué quieres saber?

– ¡Pues, todo!

Yo estaba de buen humor. Ahora era el momento de que ella se pudiera aprovechar de mí.

– Cariño, me preguntó dulce ¿quieres casarte con ella?

– Ella quiere casarse conmigo.

– Bueno, es lo mismo, ¿no crees? Luego insinuando:

– ¿Tiene algunas cualidades ocultas?

– Tengo todo tipo de cualidades ocultas, le contesté con una sonrisa y me levanté de la mesa, tomé los tomos poéticos en mis brazos y con las disculpas protocolares me dirigí a la habitación que me reservaban cada vez que pasaba por su casa, para aprender las maravillas de los poemas para el examen.

– ¡Eres grande!, dijo Dionis emocionado cuando terminé de declamar el último poema.  ¡Solo puedo desearte éxito! 

– Eso espero…

Tenía confianza en mi fuerza. Y por qué no decir, en mi talento. Había aprendido los poemas en dos horas. Todos. Eran hermosos y tocaron mi corazón. Los versos fluían uno tras otro, como agua de montaña.

La tía Matilda y el tío Mihai quedaron encantados con la forma en que recité. Y esto para empezar.  Luego, pasados unos días de ardua preparación a mano de Dionis, mi tía Matilda me escupió tres veces para salvarme del maligno. Ahora, al final, Dionis estaba encantado.  Tenía todos los requisitos previos para el éxito. Todavía tenía que convencer al comité examinador para inclinar la balanza a mi favor. Después de las declaraciones de último momento de Dionis, quien se había convertido en mi mánager, el día antes del examen, no repetí nada, tenía que estar muy relajado antes de la batalla que iba a pelear. Me puse yo mismo un estricto programa de recuperación nerviosa: largos paseos por parques y bulevares, ver una película, nadar en la piscina y por la noche ver una peli.

La mañana del examen me desperté con Ana-María en mi mente. Había soñado con ella durante la noche, y en mi sueño ella me esperaba después del examen con un ramo de flores, me besaba y me decía: “Cariño, tengo una sorpresa para ti”, y me señalaba un coche desde el que bajaban los cuatro Beatles deseándonos felicidad y casa de piedra, junto a ellos, de la nada, apareció un sacerdote, bendiciéndonos y nosotros estábamos en el noveno cielo. El hecho de que soñé con Ana-María me pareció providencial y aunque no parezco nada humilde tengo que decir que ya no tenía dudas sobre mi ingreso al I.A.T.C.

El examen debía ser a las dos de la tarde. Alrededor de las diez de la mañana fui al cine Patria, impulsado por la idea de ver la película Adiós, pero me quedo contigo, Richard Dreyfus hizo un “tour de forcé” increíble, de hecho, ganó el Oscar con el papel que desempeñó en esta película. ¡Fue genial! Quería robar algo de talento suyo.

No tuve suerte de ver la película porque me encontré a Sam Coliva, que también vino a inscribirse en la facultad de Biología y tuvimos que honrar el evento. Fuimos al Majestic Garden. Tenía cerveza de calidad y estaba helada, lo que la hacía muy apetitosa. Afuera, el termómetro mostraba unos 37 grados centígrados. Cuando estábamos a punto de entrar a la terraza, un anciano andrajoso con una espesa cabellera, borracho perdido, aunque fueran estas horas matinales, nos embestido sin querer y se echó a un lado y se disculpó en su forma original:

– Por favor, perdóneme. Se puso tieso y saludo, como un militar con una mano a la gorra, aunque sin llevar ninguna gorra, por supuesto. ¡Te beso la billetera! Nos partió a los dos de risa con esta expresión.

– Viejo gracioso, recordaba Sam Coliva sentado en la mesa agarrando la botella con la mano izquierda. La réplica hay que conservarla y venderla en la primera oportunidad.

– Absolutamente, concluí. Me reí y seguí bromeando con Sam Coliva, recordando una cosa u otra de la secundaria y seguíamos tomando cerveza, y cuando miré el reloj se me paró el corazón. Eran las dos menos diez, y yo tenía que estar en el instituto, listo para empezar el examen. Le pedí disculpas a Sam y salí corriendo hacia el bulevar, tal vez tendría suerte de encontrar un taxi. ¡Tuve suerte! 

– A Matei Voievod al Instituto de Teatro. Pero rápido, por favor, llego tarde. Estos son suyos, le dije al taxista y le entregué un billete de cien lei.

– Bien. Matei Voievod. Estamos allí en diez minutos. Realmente lo estuvo. Cuando bajé del taxi eran exactamente las dos de la tarde según mi reloj. Se estaban anunciando las listas de candidatos que iban a presentarse al examen en ese momento.

– ¡Dragnea Leonard!

– ¡Presente!

– Sube al tercer piso.

Cumplí, y subiendo las escaleras junto con los demás concursantes, llegué al tercer piso, donde se iba a realizar la prueba de la primera fase del concurso, cuando un ciudadano me señaló la sala donde debíamos sentarnos hasta que se terminara el examen de. Mi primer pensamiento fue preguntarle dónde estaba el escusado porque la cerveza había empezado a sentir su efecto, me sentí algo aliviado después de dejar un litro y medio de cerveza en el urinario y regresé al salón previamente indicado por el ciudadano. Eran diez candidatos en total. Cuatro chicas y seis chicos. Nos asignaron a la sala D. Otros treinta candidatos agrupados en diez, en las salas A, B y C.

Como la regla era no saber qué comisión estaba en la sala, jugamos la adivinanza quién será en qué sala. Se conocían las cuatro comisiones, compuestas por tres miembros cada una, pero no se sabía en qué sala asistían. En nuestro grupo las opiniones estaban divididas: uno decía que el equipo de Sanda Manu, estaría en la sala D, otros sospechaban que se trataba de Dem Radulescu y su equipo, otros Olga Tudorache, otros de Marin Moraru. Estaba sentado tranquilamente en una silla de plástico. Me daba igual la comisión examinadora que me cayera. Después de estudiar un poco a mis compañeros de examen noté que había alguien más sin miedo alguno reflejado a su cara. Un tipo gracioso, diría yo. Llevaba unos pantalones de pana a rayas, demasiado holgados en la parte inferior, y una camisa de manga corta, tomada de alguien probablemente tres tallas más grandes que él, porque las mangas llegaban hasta los codos y la parte de su camisa sacada al exterior de sus pantalones llegaba casi hasta las rodillas. Llevaba consigo un ramo de flores que había dejado en una mesita cercana y una botella de vodka, de la que tomaba grandes tragos de vez en cuando. Fumaba tranquilamente sin involucrarse, como yo, en las discusiones de los demás. En un momento, una chica rubia, de nariz torcida, tuvo el descaro de molestarlo:

– ¿Qué haces con las flores? ¿Tienes un poema sobre flores, o quieres regalárselo al comité?

– Tengo un poema: “Flores de moho” si has oído hablar de él. 

Empezaron a llevar a la gente a la comisión de examen. Yo fui el último de la serie. Si hubiera estado nervioso, podría haber fallado mi examen desde el principio.

Con nuestra serie finaliza el examen, que continuará al día siguiente. O eso también implicaba que los profesores estaban agotados después de un duro día de trabajo y podría ser que no me examinaran lo suficiente para terminar más rápido el día de trabajo. Eso habría sido un inconveniente para mí. Pero no me preocupé. Tenía el control de mí mismo, de mis nervios. Y, de todos modos, desde casa estaba decidido a jugar una carta importante. Había imaginado un plan de batalla. Definitivamente tenía que comportarme de manera diferente.

La maldita cerveza no me daba paz. Tuve que ir otra vez al baño, esta vez huyendo, porque sólo quedaba un chico delante mi para entrar a la comisión, y luego seguía menda.  Cuando regresaba del baño tuve la grata sorpresa de ver quién es el jefe de la comisión en la sala D. Era Olga Tudorache. 

Olga Tudorache era una de mis actrices favoritas.

– Dragnea Leonard a la comisión. Sólo entonces mi corazón se encogió, pero solamente por unos segundos. Llamé discretamente a la puerta e irrumpí en la sala de examen:

– ¿Pensasteis que no vendría? ¡He venido, queridos hermanos!

La comisión se quedó boquiabierta. Quizás esperaba un saludo banal: ¡Hola!  y les había servido una cosa totalmente loca, tomada en el último momento por Sam Coliva.

Tenía en la mano un cuaderno de estudiante y una chaqueta de manga corta. Le pregunté:

– ¿Puedo dejar mi ropa y mi cuaderno sobre este cofre? Y sin esperar respuesta, puse mis cosas sobre un cofre que estaba a la derecha de la puerta.

– Señora, señores – había dos hombres en la comisión además de Olga Tudorache – antes de actuar permíteme estrecharle la mano no por otra, pero soy un provinciano que los veo pocas veces, en una tele en blanco y negro, y me gustaría quedarme con un recuerdo de algunos actores famosos como ustedes. ¿Qué dicen, me harán el favor? ¡No volveré a lavarme la mano derecha, al menos hasta dentro de un mes!

Se miraron con cautela, luego, Olga Tudorache decidió en nombre de todos:

– Sí, estamos de acuerdo. Tímidamente me acerqué a la jefa de la comisión, tomé su mano entre las mías y a acercarla suavemente a mis labios, le susurré teatralmente:

– Señora, usted estuvo magnífica en la obra El efecto de los rayos gamma sobre las anémonas. No había visto la obra, pero ella no tenía manera de saberlo. Sin embargo, había leído la crónica en un periódico. Y le fue favorable. Después de dejar caer la mano de la señora Tudorache de mi mano, di un paso hacia la izquierda, donde había un hombre con pelo largo y canoso, probablemente un profesor universitario, pensé, ya que no lo había visto en las televisiones. Le estreché la mano y le sacudí en señal de “buena suerte”. El hombre hizo una grima, pero no me reprocho nada. El tercer profe era un joven que había visto en la tele jugando roles de Don Juan. Después de saludarle cortes le dije:

– Y ahora empecemos el espectáculo, que se verá un poco diluido por el hecho de que, desde esta mañana hasta ahora, ¡solo he comido dos trígonos! 

– ¿Dos tres qué?  Preguntó Olga, sin entender mi última palabra.

– No dos o tres, querida señora, sino dos trígonos. Y viendo que no entiende, continuo:

– Unos hojaldres con queso. Están en venta en la esquina, dos lei cincuenta el bocado. Por el momento, la comisión se quedó de nuevo boquiabierta. Ya no sabían qué creer. No los dejé descansar.

– El primer poema que yo sepa – dije – es a elección del concursante.

– Sí, dijo Olga.

– Luego recitaré La esposa infiel de Miron Radu Paraschivescu, una adaptación de Federico García Lorca. Fijé un momento a Olga Tudorache, luego le guiñé un ojo al profesor canoso y mirando de reojo hacia Olga, Empecé:

“Pensé que era una mozuela” …

Luego de acabar la declamación hice una reverencia, esperando que la comisión decidiera el segundo poema que tenía que recitar.

Se decantaron por Inscripción en la puerta de la prisión de Radu Stanca. Recé para que Olga Tudorache me perdonara por el primer poema y declame como un actor curtido.

La maldición del amor de Paraschivescu fue el poema que me pidió Olga a interpretar y supe que ya había pasado a la siguiente fase. Normalmente ningún alumno no era invitado a declamar el tercer poema si no fuese realmente bueno.

– ¡Gracias! Nos hemos edificado sobre usted y le agradecemos la actuación.

– No son ustedes quien debe agradecerme, sino yo a ustedes, por el favor hecho, y estreché mis manos para mostrar con un gesto qué clase de favor era, tomé mi chaqueta y la libreta y al salir me sorprendí diciendo:

– ¡Les beso la billetera! Sentí ganas de huir. ¿Qué diablos te pasó?, me reprendí a mí mismo ¿quieres arruinar con una palabra estúpida lo que con tanto esfuerzo construiste?  Pero la amonestación llegó tarde, había metido la pata.

Me condujeron a un gran salón, donde los candidatos de las cuatro comisiones examinadoras esperaban intrigados los resultados.

– ¿Qué tal te ha ido? me preguntó una rubia.

Más para molestarla, le dije en un tono superior:

– ¡Gané la primera batalla, querida! Como era de esperar.

– No lo sabrás hasta que veas los resultados.

– ¿A qué apostamos?

Ella pensó por un momento y luego se enrollo:

– Qué quieres.

-Te veo, estás fumando Kent. ¿Cuántos cigarrillos te quedan en el paquete?

– Doce, dijo después de contar los cigarrillos en el paquete.

– Perfecto. Si gano, me darás diez cigarros Kent. Te quedas con dos, así tienes algo para calmar tus nervios al ver que has perdido la apuesta.

– ¿Y si pierdes? Dijo ella riéndose.

– ¡Es una aberración!  “Ale jacta es” como decían los romanos, yo ya he pasado a la siguiente fase.

Por la puerta entró un bedel de mediana edad, con un montón de papeles en sus manos

– Sala A. Dos concursantes admitidos.

No estaba interesado en saber los resultados de esta sala. Estaba esperando el resultado de la sala D.

Estos resultados llegaron los últimos, traídos por un joven con bigote.

– Sala D. Sólo admitió un candidato.

– ¡Yo soy ese! Dije yo en voz alta.

– Estás bromeando, sonrió el bigotudo, yo tampoco sé quién es el afortunado. Pero lo descubriremos enseguida. Después de chequear la respuesta, sonrió lánguidamente:

– El nombre del candidato aceptado es Dragnea Leonard. ¿A quién pertenece este nombre?

– ¡Por supuesto que a mí!, como te dije antes.

El chaval se sorprendió un poco, no sólo él, todos mis colegas me miraban como incrédulos.  El bedel tosió para aclararse la garganta y me entregó la hoja de resultados. – ¡Te felicito!, me dijo y me estrechó la mano.

FIN CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

Dionis no pudo contener su alegría. Era como si yo fuera su propio hijo. 

– Has pasado lo más difícil. El examen de lengua y literatura rumana es un mero paseo matutino para ti, que acabas de terminar el bachillerato y tienes toda la materia muy fresca.  ¿Qué nota obtuviste en el bachillerato en el idioma rumano?

– Nueve.

– Es bueno. Es más que suficiente. Fue a la biblioteca y sacó un volumen.

– Tudor Arghezi con la obra Barón, esto es en lo que trabajarás a continuación, para la prueba de monólogo.

– Está bien, pero el monólogo es la última prueba. ¿Qué hago en la prueba de movimiento y habilidades escénicas?

– ¿Ves? se desinfló un poco Dionis, aquí no puedo ayudarte en nada. Y nadie puede. Se trata de la intuición de cada uno en este momento. Aquí es donde se prueba la capacidad de improvisación, del actor del mañana.

– Sí, me reí yo, escuché una historia sobre improvisación.

– ¿Cuál? porque son muchas historias, pero son puras ficciones.

– Bueno, a un chico le pidieron imitar a un queso. Él tomó el mantel que tapaba la mesa de los examinadores, se sentó en medio de la habitación y se cubrió con él. Los miembros de la comisión esperaron cinco minutos, esperaron diez minutos, esperaron un cuarto de hora, después de lo cual perdieron la paciencia y preguntaron inquietos:

– ¡Hola! señor, ¿qué hace allí, hombre? 

– Estoy esperando a madurar – fue la respuesta, muy bien recibida por los profesores, por la que el individuo obtuvo la nota más alta en esa prueba.

– No la he oído, pero tiendo a pensar que es un invento también. Es una locura y si fuera cierto, habría circulado por mi círculo profesional.

– Es posible, dije. 

– Bueno querido, como te dije, me detuve en el panfleto Barón de Tudor Arghezi. Con este panfleto entré al teatro hace treinta años, espero que sea auspicioso para ti también.

– ¡Que Dios le escuche!

– Aprobado.

Estudié el panfleto de Arghezi durante una semana seguida. Soñaba con él por la noche mientras dormía.  Ni siquiera me preocupé por el examen de lengua y literatura. Fui a hacer el examen escrito como si hubiera ido al cine. Me dieron el pase para el último examen con el calificativo más alto y me invitaron a la prueba final que tendría lugar dentro de 4 días.

Cuando entré en la sala de examen, después de cuatro días, sosteniendo infantilmente el ramo de flores en mi espalda, me pareció que había doce miembros del comité mirándome fijamente. Me acerqué a la mesa detrás de la cual me miraban fijamente y, según el plan acordado conmigo en una discusión en el foro interno le ofrecí a cada miembro de la comisión una flor deseándole un feliz cumpleaños y besándolos festivo como en una reunión familiar

– Damas y caballeros, Ladies and Gentleman, comencé mientras me movería hacia el centro de la habitación, hoy les ofrezco un espectáculo único. No pido aplausos, pero sean indulgentes y escúchenme hasta el final. Me hubiera gustado que el espectáculo fuera lo más variado posible y por eso espero vuestros deseos. Las sonrisas de las profesoras, aunque no amplias, pero sí benévolas, me confirmaron que el comienzo había sido bueno.  En mi opinión, el partido estaba ganado en un noventa por ciento. Pero debía tener cuidado de no volcar en el camino. Un chico bastante bien fornido, un cuarentón, no sabía quién era, tampoco lo había visto en la televisión, sonriendo irónicamente intentó hundirme desde el comienzo.

– Si todavía afirmas que este es un espectáculo único y confías en ti, me gustaría que tu atreves de tu arte, podrías sacarme unas lágrimas a mí y unas risas a mis compañeros. Te concedo treinta segundos para pensarlo. ¡Adelanté!, por favor.

No necesité ni quince segundos. Me acerqué al profesor y, mirándolo a los ojos, le di una patada en la espinilla con el pie derecho. Las lágrimas cayeron instantáneamente de sus ojos por sus mejías y tomando su pierna dolorida en sus brazos, como en una película muda, comencé a correr por la habitación utilizando la pierna pateada como resorte. Al principio, los demás miembros de la comisión quedaron atónitos, pero inmediatamente comprendiendo mi gesto en su totalidad, se echaron a reír a carcajadas, contagiando al que había sido golpeado, quien luego de que el dolor remitiera, me felicitó:

 – ¡Toda mi estima, te doy un diez desde ya! Honestamente, pensé que te habías cortado.  No esperaba tanta presencia de espíritu.

– Yo tampoco – respondí feliz que había sacado diez en el examen más difícil. Era como si hubiera entrado en la Uní, porque nadie había sacado un diez. Solo había uno con nueve, el resto de examinados ni siquiera tanto.

Se acercaba el examen del monólogo. Tenía un poco de miedo, pero había un fundamento para miedos. Estaba muy bien preparado. Me dieron un diez como en la otra prueba. Quedé primero en la lista, con el promedio más alto. Invité a Dionis a casa de la tía Matilda, a dar un festín al aire libre, en el patio, con brochetas y jugo de uva rumana, como sabía que a él le gusta. La tía Matilda tiró la casa por la ventana para satisfacer a un invitado de tal magnitud. El tío Mihai al principio se quedó casi mudo y no hablaba sin que se lo pidieran. Pero cuando entró en calor, empezó a preguntar por todos los actores que conocía, para alegría de la tía Matilda, que se limitó a esperar y aguzó el oído, sin dejar escapar nada. Dionis, que no es más que un gran narrador, ha recopilado un gran número de historias del mundo del teatro y del cine rumano, y soltaba historias muy jugosas en cadena … Yo también estaba atrapado en estas historias, porque casi me estaba perdiendo uno de los propósitos principales por los cuales había invitado a Dionis aquí sin darme cuenta: tenía que rogarle a ser mi Padrino en la boda con Ana-María.

Me acordé, alrededor de medianoche, cuando el tío Mihai mencionó el espectáculo que había presentado hace un año, en el teatro Ion Creanga, donde – dijo – se dio cuenta de que yo me convertiría en un gran actor. Hice una pausa en el discurso y ataqué tímidamente el tema.

– Querido Nicolaie – me había propuesto abandonar el protocolo formal del discurso, para que pudiéramos estar más cerca – tengo que rogarle algo muy importante.

–  Sí, te escucho.

 – Nicolaie, me caso dentro de un mes, con Ana-María, la profesora de inglés, y me gustaría que fueras nuestro padrino.

  – ¡Anda, que callado te los tenías! Que tendréis suerte. ¡Vamos, con esto sí que me has sorprendido! ¿Cuándo decidiste dar el paso?  – Hace un año.

 – ¡Bien hecho! Y no me has dicho nada hasta ahora. ¿Pero dónde está ella? Ni siquiera vino a felicitarte por el éxito. 

– No puede. Está en Londres. Llegará la próxima semana.

– ¿Qué está haciendo en Londres? me preguntó con asombro.

– Trabajando. Es traductor en la embajada de Rumania.

– ¡A! 

– Le llamé ayer. La idea de proponerte como padrino le agrada. Te considera un hombre cabal.

– Muy amable por su parte.

– Sí, digo lo mismo. Pero ¿qué opinas de la propuesta?

– ¿Qué más preguntas? ¿No te queda claro? Soy tu padrino, me guiñó un ojo sonriendo.

FIN DE CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

El hombre sentado frente a mí me sonreía de vez en cuando. No es guapo, pero tampoco feo. Estoy pensando que, si no tuviera el pelo tan largo y despeinado, podría ser simpático. También debería haberse afeitado. Para ser honesto, esos pelos ralos que llevaba en las mejías me repugnaban. Volví la cabeza para observar cómo se desarrolla la hasta ayer dorada extensión del campo al galope de los poderosos caballos de la locomotora. Los grandes fardos de pajas estaban esperando a ser recogidos.  “El trigo ya será harina ahora”, y pude oler el pan horneado. Recordé que cuando llegué a Bucarest, dos viajeros hablaban apasionadamente de los campos de trigo, entre mi ciudad natal y Bucarest:

– Mira, Barneata, este trigo también ha crecido. ¡Sigue siendo hermoso, muchacho! Lo veo todos los días y todavía no me canso de mirarlo.

– Sí, yo también, dijo el otro.

– Escucha, Barneata, este trigo lo cultivaron delante de nuestros ojos. Ni siquiera el técnico del campo lo conoce como nosotros.

Me estaba quedando dormido cuando alguien me tocó el hombro. El controlador.

– ¡Control de billetes!, por favor. Fingí buscar por mis bolsillos los billetes, miré cauteloso para ver si había alguien más en el pasillo entre los compartimentos, donde me había sentado en una silla plegable y al no ver nada más que al controlador sonriente, aparte del chico del frente, que no presentaba ningún peligro, saqué diez lei y se los di. Esta era una forma ilícita pero válida de viajar a un cuarto del precio que había entonces en Rumania. El controlador que se prestaba a este trato lo llamamos El Padrino. Así que El Padrino tomó el dinero y se fue gritando por los pasillos:

– ¡Billetes al control!, por favor. Saqué un cigarrillo y quise encenderlo. Sin embargo, el ciudadano del frente, el de los pelos largos, fue más rápido que yo y me dio fuego de su mesero sonriendo con toda su boca carnosa. Yo también sonreí. ¿Qué iba a hacer? Empezamos a hablar. Descubrí que él se llama Doru y tiene veinticuatro años. Yo solo tenía diecinueve, pero él no tenía forma de saberlo y no tenía ganas de decírselo. Me quedé en silencio. Él hablaba mucho. De vez en cuando, asentía con la cabeza en señal de aprobación. Podía sentir lo feliz que estaba. Y vuelta a sus cuentos sin pizca de sal. No me irritaba, aunque le costaba bastante encontrar las palabras. Yo estaba escuchándolo, porque de todos modos no tenía nada que hacer hasta llegar a casa, y el camino era largo.

El tren se detuvo en una estación. Finalmente se hizo silencio. La gente tenía que bajarse. Y después que el tren empezó a moverse, Doru guardó silencio. ¿En qué debería pensar? Permaneció en silencio un rato y luego reanudó la conversación. Creo que había encontrado algo sensacional. Su rostro brillaba de alegría:

– Una vez estuve en un taller profesional en Branesti, un pueblo cerca de Bucarest, como interno. Aprendí a ser electricista. Y, un día fui a Bucarest con un compañero de cuarto.  Caminamos por el centro de Bucarest y vimos a tres chicas solas. Ya está, le dije al compañero, estas son nuestras. Las seguimos y caminamos detrás de ellas. A un par de minutos caminando, yo me puse delante de ellas y saqué del bolsillo derecho un billete de 100 lei, pero solo la mitad, dejando la apariencia que voy a perder el valioso billete.

Una de las chicas me dijo: “Chico, ¡vez que se te cae dinero del bolsillo!” Yo puse cara de miedo y le di las gracias. Invité a las tres a unos dulces y café. Allí una de ellas, al ver que nadie le prestaba atención, se enojó y se piró a casita. Ahora estábamos como dios manda, dos chicos y dos chicas.

Encendí un cigarrillo. Sus amores no me interesaban en absoluto. Me resigné a pensar que sólo me quedaban dos paradas más. El tren ya había llegado a Ivanesti, la última parada, antes de donde me bajaba yo para hacer el cambio hacia mi ciudad. Mientras los pasajeros bajaban, Doru se quedó en silencio. Por seguridad, rompí el hielo:

– ¿Dónde vas a bajar Doru?

– En Ciulnita. Esperaba que no cambiara el tren en dirección a mi ciudad natal.

– ¿Y luego adónde vas? Suspiré aliviado, cuando me dijo dónde.

– Soy de Scanteia, ¿no lo sabías?

¡Por supuesto que lo sabía! todo el mundo tenía que saber quién eres y de dónde eres. Especialmente los extraños encontrados en el tren, a quienes atracas con cuentos malos para controlar sus nervios.

Sin saber lo que estaba pensando, Doru continuó el final de la historia de lover boy. Casi me había quedado dormido en mis pensamientos, cuando una risa sana llamó a las puertas de mi tímpano. Era Doru. Probablemente dijo algo chistoso. Y estaba muy orgulloso. Yo también me reí forzadamente, pero me reí. No sabía por qué lo estaba haciendo. Quizás por respeto a la gente. A la gente hay que tenerle respeto.

Ciulnita. Tenía la ilusión de que la estación de tren era más grande que en realidad.  Yo bajé, Donu también bajó. Nos dimos la mano y nos deseamos buena suerte.

Tal vez por curiosidad, tal vez por instinto, me giré para ver la silueta de Doru una vez más.  Caminaba cojeando, arrastrando una enorme maleta detrás de él. Permanecí en silencio. ¡Nunca hubiera imaginado que un gran seductor de los bulevares de Bucarest puede tener una pierna más corta que la otra!

Sam Coliva estaba contento por partida doble. Había pasado el examen universitario y ganó un auto en la Lotería del Estado.

– ¡Los primeros tres números en orden! ¿Pero sabes qué números?

– No.

– Trece, el número de tu casa, 19 porque tú tienes diecinueve años y 24 por los años de Ana-María. Me dije que si tuviste suerte ganando un auto, yo podría sacar provecho de tu suerte.

– Bueno, le dije, entonces tienes que invitarme a una copa, o a un café por lo menos.

– Por supuesto. Pero primero, déjame darte un recorrido por la ciudad con este coche nuevo.

– ¿Tienes carné de chofer?

– Sí. Hice la escuela en la primavera.

– Entonces está bien. Y tal vez vengas conmigo, a recoger a Ana-María al aeropuerto.  Llega mañana.

– No se habla más, jefe.

Al día siguiente, Sam conducía a ciento cuarenta kilómetros por hora. Los árboles pasaban a nuestro lado, muy rápido.

– Vamos a reducir el ritmo para no lastimar a algún perro suelto.

– ¡Que te caías!  ¡Él menda es más fuerte que Niki Lauda!

Lo dijo tan gracioso que me dio por reír. Luego se puso a cantar y bailar al volante. Yo todavía me reía para mis adentros, cuando en una curva, mientras adelantaba a un carro, apareció un camión delante. Ahí es donde se me corto la película.

Cuando volví a mí ser, Ana-María me estaba vigilando, sosteniendo mi mano derecha entre sus manos. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Tenía la cara demacrada y tenía grandes círculos oscuros debajo de los ojos. Entonces yo quise levantarme, pero ella me paró poniendo su mano derecha en mi hombro y me dijo:

– Quédate acostado. Es bueno que te hayas despertado. Voy a llamar inmediatamente al doctor.

Una vez que me quedé a solas, intenté hacer un pequeño chequeo en mi mente nublada. Tuve un accidente y ahora estaba en el hospital. Pero Sam, ¿dónde está Sam? ¿Qué le pasó? Le preguntare a Ana-María, cuándo volverá.

– El médico viene enseguida. La abuela también viene.

Se fue a descansar una hora.

– ¡Cuarenta y ocho horas te cuido sin dormir! me dijo la abuela.

– A ver qué tal va nuestro paciente, el jovial médico entrando por la puerta. Después de tomarme el pulso se declaró satisfecho.

– Querido, puedes tomarte las cosas con calma. Repasé todas las radiografías que te tomaron inmediatamente después del accidente. No tienes ninguna lesión en ninguna parte. El  coma que te inducimos, fue por precaución. Por cierto, el amigo dijo que usted tenía puesto el cinturón en su auto cuando salió de la carretera para evitar el choque con el camión, pero el coche dio unas cuantas tumbas, por el campo.

– Sí, así es, llevaba puesto el cinturón de seguridad, pero no sé cuándo salimos de la carretera y tampoco recuerdo los tumbos en el campo. Sólo sé que un camión apareció frente a nosotros y el impacto parecía inminente.

– Tu amigo giró hacia el campo. Tú es posible que te hayas desmayado al ver el camión venir desde el frente. Pero todo está bien cuando acaba bien, en dos días te vas a casa.  Ahora levántate de la cama y da unos pasos por el patio del hospital. Es una tarde espléndida. Quería seguir el consejo del médico inmediatamente.  ¡Pero estupor! Mis piernas ya no me escuchaban.  ¡Ya no los sentía! No sentía nada de la cintura para abajo.  De repente un pensamiento siniestro me asaltó y frías gotas de sudor invadieron mi frente. – ¡Doctor! ¡Estoy paralizado!

FIN CAPÍTULO X

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